viernes, 19 de octubre de 2012

Melany y la paranoia





Saber de tu ausencia y de tu daño, del tiempo transcurrido entre tus últimas palabras, tu posterior silencio y esta notificación precipitada que me crispa los nervios porque algo grave te ha pasado. Alguna vez lo fuiste todo: mi imaginación moldeaba tu sonrisa, pero eran tus palabras parpadeando en la pantalla las que guiaban las formas, la curva y el tono exacto de cada comisura y el modo en que abrías y cerrabas los labios para pronunciar esas mismas palabras que ibas vertiendo sobre el teclado. Era la conexión con tus dedos, largos y delgados tallos que subían hasta tu voz y tus gestos, que yo recreaba;  tus dedos acompasaban la noche con el suave tintinear de las teclas.
En noches así eras todo, Melany. Invadías el mundo cerrado de mi cuarto y de mi soledad, hoyabas la cápsula de mi aislamiento y te convertías en la imagen de la dicha, una imagen que sólo tus minúsculas fotografías podían delinear en la pantalla, pero que yo prefería ignorar para formarte a mi sabor. Mis cuatro paredes, una ventana al mundo en la pantalla y tú, asomándote a ella como la forastera simpática que nos cautiva un día cualquiera por las calles de la ciudad.
Algo grave te pasaba -me decía el correo, enviado desde tu dirección pero firmado por alguien que no eras tú. Algo que no podía hablarse por correo. Fue este salto de la pantalla hacia la vida, el salto de la Melany imaginaria a la Cristina tangible algo que terminaría por incomodarme, por acorralarme entre las dudas que tu silencio previo había dejado ya asomar a esa misma electrónica ventana. Mi humanidad, mi amor por la idea de que alguien como tú existiera me tentaban a acudir,  a salir del cómodo cascarón de mi confinamiento para ver a la que eras y no eras, para verte -además- en una situación tan desgraciada y lastimosa que terminaría por romper tu misterio y la idea que había trazado sobre ti, como un proyecto.
Tienes todo el derecho a llamarme cobarde, pero sería inexactitud: la paranoia y el capricho me parecen más justos para calificar esta evasión, aunque no me remuerde sospechar que más bien fue una hábil maniobra para evitar un crimen. Prefiero guardarme tu misterio y volverme a recluir en las cuatro paredes conocidas y no en el encierro forzado de unos astutos tratantes de blancas que operan a través de la red, aprovechando la soledad y ansia de amor de quienes, como yo, no tenemos un nombre auténtico y nos disfrazamos ante la pantalla para ser lo que siempre hemos querido sin poder, porque este cautiverio voluntario nos pone entre los dedos y el teclado un mundo que parece tenerlo todo, hasta mujeres bellas, sensibles e inteligentes, que sabemos imposibles en la realidad respirable; mujeres que sepan improvisar una conversación en verso y adivinar todos nuestros gustos y emociones; mujeres increíblemente humanas pero carentes de cuerpo porque la falta de fe no deja ver más que letras parpadeantes en una ventana de chat.
Tienes todo el derecho, Melany, a reprocharme esta falta de valor y de heroísmo por no haberme lanzado a la azarosa incertidumbre de un mundo nuevo, desconocido; pero tienes también, Cristina, todo el derecho a decepcionarte una vez más porque en este mundo difícilmente respirable, los hombres tienen miedo y se conforman con sus vidas solitarias y mediocres, con una pantalla, cuatro paredes protectoras y un sinfín de sitios pornográficos alimentados por tratantes de blancas en cuyas manos nadie quiere caer, aunque todos se beneficien de ellos en noches cálidas y ansiosas.  

lunes, 15 de octubre de 2012

Las citas de mis sueños

No, lector, no te has equivocado de página y no, no me fusilé esta entrada de Yahoo o de alguno de esos respetables sitios. Pero los títulos son como la publicidad y en este mundo hay que hacer negocio o corremos el riesgo de que nada de lo que hagamos sea entendido por el gran, el respetable, el que paga la entrada y compra nuestros libros: el público. Había que poner algo sensible, sencillo y esto fue lo que encontré.
La cosa en realidad es que mis sueños se citan unos a otros y a veces hasta parecen señalar la referencia. Cada sueño cobra autoría, y acaba por decir en su lenguaje que no podemos entender al despertar, que ellos fueron los primeros en decir o en proyectar esas imágenes que se repiten en el segundo o en el tercer sueño, sucesivamente. Los neurocientíficos argüirán algo sobre los sueños recurrentes, que también es materia rica para los psíquicos charlatanes o los freudianos pasados de moda. Nada de recurrencias ni obsesiones, mis sueños parecen tener un protocolo de citación tipo MLA o Harvard (aunque yo me acomodo más con el de la UNAM) y van diciéndome cuándo soñé aquello, si estaba durmiendo en mi casa, en la de mi madre o si iba cabeceando en el autobús, qué imágenes destacan del sueño anterior y a veces incluso llegan a justificar la cita en ese contexto del sueño. 
Para las neurociencias, el sueño implica una reestructuración cognoscitiva de lo que somos y de nuestra forma de relacionarnos con el mundo. Pero la demasiada sofisticación  de los lenguajes científicos siempre termina por sembrarme dudas. Yo experimento diálogos casi académicos o cuando menos intertextuales entre unos sueños y otros, como si al dormirme siguiera leyendo o asistiera a una escuela más informal, menos fatigosa y eso sí, tremendamente eficiente. Lo mejor de todo es que el aprendizaje es automático: uno no tiene que esforzarse por darle relevancia a ciertos datos, ni por memorizar, es más, ni siquiera se vuelve necesario tomar notas; no hay exámenes, ni trabajos, ni siquiera evaluación. Ellos, los sueños, profesores de gran penetración psíquica, saben lo que es necesario que uno aprenda y a eso se abocan, no fallan en su objetivo.
No llevarán una relación precisamente amigable, porque compiten en cada siesta porque su voz se escuche y por decir cosas relevantes para mí: se citan unos a otros, a veces sin avisar, y esto provoca acusaciones de plagio, de inexactitud en las referencias, alatristazos oníricos. Se ha hablado ya de crear un organismo encargado del registro de sus derechos de autoría, no sólo en lo referente al contenido de cada sueño, sino también en cuanto al método de presentación.
Las cosas se van complicando allá adentro, pero yo disfruto, en las ya incontadas noches en que he despertado por el ruido de su discusión, de esas sabrosas polémicas sobre la importancia de unas piernas o de un rostro en mi historia personal, a veces sus propias acusaciones se vuelven chascarrillos de los que no puedo evitar reírme, con el respectivo fin del sueño que eso implica; hay argumentaciones tan intensas, como aquellas del impacto erótico en la construcción del “yo” provocadas por unos pechos o unos labios anteriormente soñados -aquí el sueño en cuestión cita a un colega-  que despierto tenso y sudoroso, quizá corrido de pudor, para sonreír pensando en que sólo fue un sueño. Me autoengaño, por eso me es difícil volver a dormir. Estoy perfectamente al tanto de lo importante que es para mí lo que vivo en cada sueño, y me voy familiarizando progresivamente con su bizarro sistema de citación.  


viernes, 5 de octubre de 2012

Oye cantinero…

No es fácil declarar que dos tumbas familiares tienen su raíz en una botella. Tampoco es fácil confesar el temor a ocupar el tercer puesto en la genealogía; un puesto disputado entre un sobreviviente de la vieja escuela y varios juveniles de segunda generación, pues la disposición a la dipsomanía ha conformado ya un tronco y se ha ido ganando un apellido en la historia de una familia. Nada tiene esta familia de particular; carece de abolengo, como muchas, pero aun sin él, no podemos negarnos a ese clan que -en este desolado mundo- nos otorga cierto sentido de pertenencia.
Y quizás esta dipsomanía no sea más que un intento por adaptarse al fluir de lo vital: así como se va el elixir en el vaso se va también la vida; es un desvanecimiento de ida y vuelta, porque cada trago es un sorbo de vida que nos inyectamos pero que a la vez nos proyecta hacia la muerte. ¿Es un veneno? No. No podemos reducir al mero formulismo de la química el enigma alquímico de la intoxicación voluntaria y placentera: si la jarra de cerveza es el eje que sostiene una tensa conversación sobre literatura,  valdrá la pena el ingreso de la muerte en nuestro cuerpo vivo; si es el soporte de una conexión entre seres que parecían distantes y de pronto se encuentran en el limbo tambaleante de la semi-consciencia, también valdrá la pena;  esta pena se valora hasta el sacrificio cuando implica la conexión con un bello ser desconocido que, conforme fluye el líquido mortal en nuestro organismo, va cobrando cuerpo, haciéndose tangible y vibrante, llenándonos los sentidos de una sinestesia de lo sexual que la sanidad del sobrio es incapaz de detectar.
¿Expansión de la consciencia? ¿Droga tolerada por el sistema para enajenarnos y liberar las tensiones de una sociedad injusta? Podemos echar todos los métodos sociológicos y psicológicos a andar,  pero el alcohol se enfrasca en su ritual y en su botella como compuesto orgánico, dador de vida y a la vez final de ella. No hay novedad ni drama moderno en esto. El alcohol es tan antiguo como el hombre y no ha habido sociedad donde no esté presente, tal vez estuviera contenido en ese fruto prohibido del Edén y fuera la causa de nuestra pérdida, es una hipótesis que las mujeres rechazarán inmediatamente: -Los borrachos son los varones.
No habrá “hombre de bien” ni salvador de bohemios que no quieran hacernos ver que la misma charla, la misma conexión amistosa, el mismo hechizo sexual -al decir esto, a nuestro “hombre de bien” se le suben los colores y esquiva nuestras miradas-  se pueden obtener en sobriedad, en el “saludable equilibrio del cuerpo”. No lo niego, nuestro intelecto sobrio podrá seguir barajando ideas sobre Cervantes, Nabokov o Jose Alfredo con igual habilidad, la conexión amistosa seguirá siendo honesta y plena; un ligue o una seducción se podrán seguir materializando aderezadas por café o por un helado de frambuesa, pero se pierde, primero, la  sensación despreocupada y de renuncia al mundo: beber es un ritual que requiere el abandono de lo cotidiano; para el conocedor, el mundo se detiene y con él los deberes y las citas. En segundo lugar se pierde el desafío que representa controlar el cuerpo y sus impulsos con los sentidos adormecidos: un vaso que se cae, un paso mal dado rumbo al sanitario, una palabra mal articulada delatarán nuestra debilidad, nuestra derrota. Cuando la embriaguez personal se acepta abiertamente, los deslices individuales se convierten en tropiezos sociales y es entonces cuando aparecen los besos fuera de tiempo, las ostentaciones de virilidad que arruinan las veladas,  las danzas sobre la mesa y la amistad facinerosa de los camareros. La memoria guarda estos tropiezos con vergüenza o bloquea  con desvergüenza algo que recuerda muy bien pero que por nada quiere poner sobre la mesa del recuerdo común.
No dudo que estos desafíos y esta despreocupación sean un atractivo para los miembros de cualquier familia. No es fácil responder por esas dos tumbas que nada tienen de festivo ni de glorioso, porque finalmente son derrotas. Pero los que estamos metidos en la batalla sabemos de las hazañas por realizar, conquistas por alcanzar y la ingente cantidad del elixir mortal de vida que nos falta por ingerir para ocupar -tal vez por tradición- el puesto vacante en el panteón familiar.

viernes, 28 de septiembre de 2012

¡Manito, manito!



No es fácil para mi neurosis aceptar la presencia de mucha gente en mi espacio íntimo. Hay en mí resabios de un salvajismo heredado de aquellas cavernas que habitaba el primero en agandallárselas. Siempre he sido así: desde niño corría escaleras arriba cuando oía gente extraña llegar a casa y escuchaba sus voces desde mi cuarto, sus conversaciones que resonaban en el cubo de la escalera, amplificadas para mayor invasión de mis contornos aéreos y para mejor estimular la imaginación de los rostros que les correspondían. Me gustaba comprobar mis cálculos, y al oír las fórmulas de despedida, corría a la ventana para verificar que sus rostros coincidieran con lo que había imaginado.
De no ser por los regaños de mi padre, por su insistencia en hacerme “aparecer en sociedad”, (llamo sociedad a mi propia familia y a sus contados amigos, que distaban mucho de ser lo que en buenos términos de caché se entiende por “sociedad”) jamás hubiera yo salido de mi cuarto. Me habría convertido en un insecto samsiano avergonzado de sí mismo, de no ser un niño amigable y preguntón, de no jugar con otros niños y agachar la mirada ante las palabras de los adultos. Las charlas interiores que desde entonces desarrollaba con auditorios imaginarios siguen teniendo lugar en los oídos de mi mente: ahora son alumnos con total disposición de aprender algo, ahora un amigo ausente, ahora una confidente novia con quien hablo poco cuando estamos juntos. 
Pero más allá de la autoridad irrebatible de mis padres, que la abrían por sus privilegios jerárquicos en la manada familiar, la puerta siempre ha estado abierta, en relación horizontal de iguales, a mi pequeña hermana. Nada que haya en mí se le puede ocultar, conoce mis habitaciones interiores como tal vez no conozca las propias, ni yo las de ella. A veces pienso que vino al mundo para vigilarme, como en una especie de complicidad con mi consciencia. Un mirada suya podría detenerme en el acto más largamente premeditado, y la más gastada de sus burlas podría arrebatarme la carcajada en una seria contrariedad; penetra mi sensibilidad, mi intelecto y mi malicia, a veces hasta lee mi voluntad; para ella no hay puerta ni ventana ni pared cerrada alrededor de mí.
En una acalorada y espumante charla sobre literatura, orígenes y fútbol, un buen amigo estuvo a punto de soltar la lágrima al hacernos el retrato de su hermano: un prócer del esfuerzo, un jugadorazo, un dador a manos llenas; nadie como él. Hay más casos. Tú, lector, no dejarás de pensar inmediatamente en los tuyos. Tener un carnal, de eso se trata. Como que pasa desapercibido el momento en que empezamos a construirles un pedestal aun cuando sabemos que pisamos la misma alfombra en el corredor o el mismo piso de tierra en el patio de la casa paterna. Es un reconocimiento natural, de materia; la carne que se reconoce en la carne, pero también en el gesto, en la voz, en todo lo que nos da vida. Montaigne citaba a Plutarco, en quien podía leerse el caso de un hombre que “no daba importancia al hecho de haber salido del mismo agujero”, pero es tan racionalmente inexplicable esta fraternidad que sólo nos queda culpar a la carne, y quizá a la sangre. Pero esto es ponernos metafísicos, porque la sangre es la sustancia y la carne… ¿acaso forma? ¿Acaso el límite o el punto medio entre la forma y la sustancia? Sí, la relación es meramente corporal, y provenir del mismo agujero nos hermana, como nos puede hermanar el coincidir en algún otro, llámese cárcel, desdicha, desolación...
            Cuando haya que repartir la herencia -dice Montaigne en el mismo ensayo que éste es el único inconveniente de la fraternidad- tendremos que voltear al agujero y reconocer en él el pasado común y el futuro común, el destino. Y ya sé que voy trazando una utopía y que me estoy poniendo didáctico, pero por algo nací profesor. El agujero es la puerta que decidimos abrir o cerrar a nuestro mano o mana, a nuestro carnal, “yemano”, a nuestro “bro”, único conciliador que hace concebible la soledad acompañada.