miércoles, 21 de enero de 2015

Manos sin sangre ni tinta


No sé si haya quien compre el periódico en estos días. Por las mañanas los obreros que no temen ensuciarse las manos hojean los pliegos entintados, repletos de anuncios y pornografía. Esos no son periódicos. Y aunque lo fuesen, su lectura está marcada por su carácter privado: si alguien más quiere enterarse, que compre su propio periódico. El metro es silencioso por las mañanas. Quienes tienen el privilegio de sentarse se arrebujan en sus chamarras, y quienes van de pie expelen su resignación a la jornada en forma de calor humano compartido. Nadie habla de lo que va leyendo en el periódico. Nadie aventura la charla con un desconocido, como si el contenido del periódico no fuera asunto de todos.
 Encerrados en nosotros mismos, nos hacemos a la idea de que es más fácil enterarnos por otros medios. La televisión y el internet, también privados, no manchan las manos de tinta. Los sitios electrónicos de los periódicos, además, ofrecen un espacio de intercambio que no encontramos en otros medios. La noticia queda abierta a comentarios del público, con ello los editores pueden a la vez darse una idea de la efectividad comercial de la prensa en línea y monitorear la opinión pública. En el aislamiento de la oficina o de casa, frente a la pantalla, no tenemos miedo a decir lo que pensamos y soltamos nuestra opinión aunque  difícilmente sepamos escribir. Si en el Metro alguien comenzara a darme su opinión sobre lo que voy leyendo en el periódico, lo vería como una impertinencia; si además de eso su opinión no coincidiera con la mía, la situación sería francamente incómoda; si se añadiera, además, el factor necedad del que padecen (¿debo decir padecemos?) una cantidad notable de mexicanos con buenas intenciones, el saludable ejercicio de intercambio de opiniones podría tener no muy saludables consecuencias: un coraje o un puñetazo son las formas más efectivas de confirmar nuestra propia opinión frente a la contraria.
Sin duda es mejor informarnos en la comodidad del aislamiento, pues podemos decir lo que pensamos. Según apunten hacia arriba o hacia abajo, flechitas y pulgares condenan o aprueban nuestra opinión. Cuando alguien nos responde es porque hemos logrado destacar entre el enjambre de comentarios cuya lectura por parte de un usuario real parecería impensable hasta que nos descubrimos haciéndola. Nos defendemos y rebatimos. Las respuestas de los otros pueden achicarnos o envalentonarnos. Por regla general, el intercambio debería terminar en cuanto aparece el primer insulto, mas no es así.
El anonimato y la inmediatez de la red son aprovechados por ejércitos de manipuladores de la opinión pública. Incluso para el público menos preparado, un locutor de radio o televisión que quisiera vender una opinión debía echar mano de una astuta organización del discurso, de una oratoria convincente, de una serie de gestos creíbles ante la cámara. Pero los indicadores de opinión en las redes operan cuantitativamente y a través de etiquetas que nadie razona. Los nuevos manipuladores de la opinión escriben una frase o un hashtag que copian y pegan indefinidamente en todos los espacios posibles. Se le pagan míseros salarios por pasar horas frente a una pantalla “opinando”, insultando muchas veces a usuarios reales que llegan a caer en las provocaciones. No es infrecuente leer desafíos violentos. La frustración del anonimato termina en una invitación a los golpes con fecha y lugar que naturalmente no se cumplen, pero aumentan la crispación y división de los usuarios.
Anoche me senté a ver con mi madre un capítulo de la serie española “Cuéntame cómo pasó”. En él se narraba a través de la mirada de los personajes de un barrio popular madrileño, el ambiente de tensión por el atentado de ETA contra Carrero Blanco, en el 73. Confusos y temerosos, atemorizados por falangistas y perseguidos por la policía social, los vecinos se refugian en los espacios comunes del barrio para discutir la situación. Cuando se declaran de uno o de otro bando la división también es evidente. La memoria de la guerra llega incluso a los más jóvenes: los niños del barrio se hacen enemigos según el bando al que pertenecen sus padres.
Estos bots, pagados para insultar y provocar comentarios incendiarios deben divertirse en su trabajo. Mercenarios de la opinión, se mofan cuando alguien responde y se esfuerza por hacerlo razonablemente. Frente a cada suceso importante, se encargan de formar los bandos opuestos de opinión y de azuzar la violencia. En una situación de Estado sordo, represivo y descarado, los bandos cada vez son más claros. ¿Hasta qué punto la opinión pública podría sentar las bases de una guerra civil? ¿Seguirá siendo este el país donde no pasa nada? Ignorar a los bots podría ser recomendable, salvo por un par de cuestiones.
La primera: al hacerlo nos cerramos espacios de opinión a los que tenemos derecho. Una cuenta invadida por comentarios repetitivos, automáticos e insultantes es cerrada también automáticamente por los administradores de los sitios: aplicaciones creadas para identificar spam, pero incapaces de razonar su fuente. El ejemplo claro son los hashtags #Yamecanse que criticaban al procurador de justicia. Los ejércitos de bots se han dedicado con fruición a invadirlos de basura cibernética para que el administrador de twitter los tire inmediatamente. El espacio de expresión ciudadana queda clausurado.
Segunda: ¿De dónde y con qué finalidad se le paga a esta gente? ¿Qué clase de ciudadanos se prestan a estos ejercicios? ¿Hay una conciencia ideológica? El dinero sale, sin más, de nuestros impuestos; se paga para aparentar que la opinión pública es favorable a las medidas gubernamentales o, en el peor de los casos, para manipular esa opinión. Quienes integran estos equipos de trabajo suelen ser jóvenes sin otra ocupación que ésta, de una bajísima extracción social cuyo problema principal no es la pobreza, sino la incapacidad de percibir sus circunstancias ni las consecuencias políticas de sus actos. Más grave sería aún que su actuación fuera consciente. Sabemos que no lo es, pero se dan casos: si exploramos el perfil de ciertos comentaristas, sobre todo de los que se toman el tiempo de elaborar comentarios más complejos, no es infrecuente encontrarse con militares o militantes de los partidos.
El dinero invertido en manipular la opinión expresa una preocupación por ella. En el país de “no pasa nada”, sí pasa algo, y grave. Parecería inexplicable que no haya estallado la guerra civil: cuando las elecciones presidenciales de 2006 los bandos tenían tinte partidista, se veía venir una hostilidad entre los que votaban por el statu quo y los que querían el “cambio verdadero”; el segundo fraude en 2012 debió abrir más la brecha entre estos mismos bandos, pero el más reciente fraude de la incorporación de morena al sistema de partidos, luego de que su líder hubiera mandado al diablo las instituciones, deja en claro que no hay bandos en este país, que la guerra civil es imposible. Tal vez sea mejor.
El odio del ciudadano se mitiga contra vándalos pagados, como los bots, para dividir más la opinión y hacer más confuso el panorama, para que quienes quisieran actuar no sepan por dónde cortar. Cuando ciudadanos como Mireles o Mora pasan a la acción, se les elimina y se paga a bots para hacer creer que merecían su suerte y despertar el odio. Además, Michoacán está muy lejos y el narco no es problema de chilangos mientras no cruces hacia Ecatepec. Veo en la serie española a los vecinos refugiarse en una casa para enterarse del asesinato de Carrero Blanco, pero no me veo discutiendo con mi vecina de a lado, que conozco de toda la vida, sobre la desaparición de 43 estudiantes, ni las dos matanzas análogas en Tlataya y Apatzingán. No sé cómo se llama mi vecina de enfrente, y sospecho que si algún día muero en el departamento, solo, nadie vendrá a buscarme hasta que me haya empodrecido un poco. Es obvio que yo ignore su opinión sobre los asuntos nacionales, tal vez ni los considere asuntos suyos.
Para no ensuciarnos las manos, evitamos la tinta del periódico, saludar al vecino de a lado. Corre mejor la sangre, tenemos la cómoda sospecha de no ser nosotros quienes nos teñimos de ella. Está lejos y no es nuestra, ni de nuestros hijos, que tampoco sabemos con certeza a qué se dedican en su trabajo, pero se pasan el día en una computadora, en internet, en tending topis o jastacs, esas cosas de los chavos que ya no estamos en edad de entender.  

martes, 13 de enero de 2015

Botón de reinicio




Los horarios de trabajo, los resabios de la sangre y la injusticia en los que el país se ha visto envuelto los últimos meses me tenían algo alejado de la escritura: entre el poco tiempo y el ardor de mi visceralidad consideré prudente –no sin reconocer cierta indolencia– postergar el regreso al blog para mejor momento. Ni fue propósito de año nuevo ni estoy justificándome del todo. Ahora, con más tiempo para decidir qué cosas de las que vivo o pienso puedo llevar a la escritura sin que vayan acompañadas del discurso incendiario a que fuerza la política, espero dejar este canal abierto a quienes con cierta constancia me han venido siguiendo.
Reiniciar, o retomar el camino son actos de la voluntad sumamente loables para quien tiene algo claro en mente; para quienes no, el regreso pudiera parecer necedad. En ambos casos los esfuerzos tendrán sus consecuencias, y son ellas las que forman nuestro destino. Hoy justamente, en uno de los nuevos cursos que estoy impartiendo hablé de los novecentistas y su visión de un reinicio para España: para trascender el lamento por la pérdida y el despertar del letargo que trajeron los noventayochistas, los jóvenes del 14 se enfrentaron a la titánica tarea de comenzar de nuevo. Impulsados por la juventud, los elementos de la generación anterior que aún conservaban la fuerza para no dejarse derrotar por el recuerdo del desastre se sumaron a sus esfuerzos. No es nuestro caso tan trágico: un mes sin escribir o publicar no le hacen mal a nadie.
     Es natural que busquemos certezas sobre los resultados, pero el que este espacio busca no va más de la respiración ordinaria que una mente puede traducir  a escritura, respiración que se comparte para quienes quieren observarla, en el entendido de que solemos aprender sobre nosotros viéndonos en los demás. De modo que si el resultado es volver a compartir el aliento semanal o quincenal en una página, bienvenido sea. La vocación del escritor, aunque necee en serlo, incluye series incontables de reinicios frente a un conjunto casi siempre reducido de resultados.
       Como sea, contener el aliento no implica que se deban callar la tragedia o la irritación. En una situación tan desastrosa como la que vivimos sería antiético mantenerse aparte e ir a encerrarse en la torre de marfil. Esa burbuja en la que habitan, para esconderse de la responsabilidad, quienes deberían afrontarla. Pero basta de acusaciones, los reinicios ocurren porque tenemos esperanza de recuperar algo que hemos perdido, incluso el camino. Cuando el terreno comienza a perder estabilidad, quien rehace el rumbo percibe como necesario volver sobre pasos que antes parecían más firmes. Cuando una meta que veíamos cercana cierra sus caminos, los reinicios suelen ser dolorosos. Una meta abandonada es más frustrante en función del empeño que hemos puesto en conseguirla. 
     El optimista ve el reinicio como una oportunidad nueva, como si bastara el aprovechamiento de una sola para un cambio de destino, como si el tiempo en el que se estuvo errado no contara o nos fuese integrado por alguna entidad superior. Como contraparte, los reinicios nos dan la ventaja de la experiencia: si bien nos podemos hallar más debilitados, el temor de cometer errores que son propios del camino nos pone alerta, y si llegáramos a percibir que repetimos nuestros pasos, nos detenemos, alentamos el paso, lo apuramos cuando el recuerdo nos advierte que fue precisamente la dilación la causa de nuestro yerro. Percibimos indicios que antes no parecían claros y gozamos con la autocorrección, con la suficiencia moral de la enmienda.
      Cuando en vez de reiniciar reanudamos los cabos, una vaga convicción de llevar el rumbo adecuado nos da la fuerza. En la pausa verificamos el recorrido y el itinerario, echamos una ojeada al horizonte, verificamos si conviene seguir. Porque es mentira que las suertes estén echadas: “ya entrados en gastos” solemos decir para justificar que nos hemos resignado a lo que viene, a lo que no se esperaba pero es viable cumplir en las nuevas circunstancias. El camino puede rehacerse siempre. Incluso cuando la meta está tan cerca que el verla sólo nos sirve para convencernos de que no era exactamente ahí a donde queríamos llegar; la experiencia del andar nos ha cambiado y podemos volver la vista a rumbos más promisorios. Por eso cada reanudación tiene su mucho de convencimiento. Sólo la Moira puede cortar el hilo de manera definitiva, antes de ese corte los nudos son insustanciales, incluso marcan los rasgos distintivos de cada vida.   
       “Yo soy yo y mi circunstancia” –vuelvo a la clase del Novecentismo y concuerdo, con Ortega, en que muchas de las pausas que tomamos en nuestra vida personal nos vienen de las circunstancias de lo social, de lo que es exterior a nosotros. Los nuevos bríos con que reanudo el curso de mi escritura me vienen también de fuera: si el sistema se detuvo o dejó de responder, es porque me hacía falta convencerme de apretar el botón de reinicio. Envuelto por la circunstancia, la escritura podía volverse grito; el pensamiento, niebla; el silencio, muerte. Esa que en estos días abunda y parece querer hundirnos en lamentaciones como puede hundirse un cuerpo bajo tierra, repleto de semillas, repleto de memoria y esperanza que tardan muchas veces en brotar.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Cuesta Indios Verdes



Nos gustaría que el país no se cayera a pedazos, que no hubiera manifestantes. Pero nos gustaría más que no hubiera detenidos, ni escándalos internacionales, ni crímenes de lesa humanidad ni desapariciones.  Y en medio de las consignas y las sirenas, en el debate entre la acción y la apatía; el descontento y el temor, algunos seguimos leyendo. Podemos sentirnos culpables por no haber sido abogados y, en vez de leer cómodamente, estar sacando  a los presos políticos de las cárceles, acción sobre pensamiento en tiempos donde actuar se va volviendo más necesario. Pero hemos elegido esta vida: se nos cruzan libros y realidades.
Ante el fervor de las movilizaciones, creo en la gente. Cuando en medio de una marcha veo la ciudad volcada sobre las aceras, aplaudiendo y apoyando, creo en la gente. Está ahí, dando muestras de vida, luchando.  Viajo a casa de mi madre,  alejándome del sur de la ciudad. Llego a Indios Verdes, la estación de toda la vida. Las caras de los vendedores, sus gritos, las multitudes apiñándose para tomar el autobús, sus miradas, su revisar los bolsillos, sus tacos en puestos nauseabundos, su mercancía china que no sirve para nada; hostilidad y salvajismo.  Tan hundida está la gente en su miseria que olvido la esperanza. A cualquiera de estos le das diez mil pesos y te mata al cabrón que le digas. Soy injusto. 
Por fin abordo el autobús y vuelvo a abrir la novela. Luis Martín-Santos y la España de la dictadura, donde palpita, como hoy, el submundo de las chabolas, ése que infecta cuanto toca. Mejor alejarse de ellas, dicen los medianamente acomodados, los trabajadores de corbata obligatoria que difícilmente han salido o van a salir de ellas. Arranca el autobús y sube una cuesta. Al bajarla se acaba la ciudad y se entra en las chabolas chilangas. La sierra de Guadalupe poblada hasta el copete en algunas cumbres; su condición de reserva ecológica sólo la reserva de brindar servicios públicos en los asentamientos irregulares donde Muecas, Cartuchos y Floritas de piel morena viven sus dramas particulares: San Juanico, Caracoles, La Presa, Ticomán, El Risco –donde se bajaron los asaltantes la última vez que me tocó–, suburbios que ya son ciudades y procrean sus propios suburbios.
La marcha es lenta, la raza mucha. Es como si la miseria se empeñase en subsistir o dominar el terreno. No hay esperanza, entonces. Sólo una muchacha lee en el autobús, alcanzo a ver el título: psicología barata, coaching disfrazado de conocimiento. En vez de tren suburbano, carretera de doce carriles. Coche por persona, cada uno un logro personal a pagar mensualmente durante cinco años. Ser alguien en la vida, ocupar un espacio en el carril, un cajón de estacionamiento en los suburbios de los suburbios.
Dejar de mirar por la ventana. Volver al libro y encontrar este párrafo:

No saber nada. No saber que la tierra es redonda. No saber que el sol está inmóvil, aunque parece que sube y baja. No saber que son tres Personas distintas. No saber qué es la luz eléctrica. No saber por qué caen las piedras hacia la tierra. No saber leer la hora. No saber que el espermatozoide y el óvulo son células individuales que fusionan sus núcleos. No saber nada. No saber alternar con las personas, no saber decir: «Cuánto bueno por aquí», no saber decir: «Buenos días tenga usted, señor doctor» Y sin embargo, haberle dicho: «Usted hizo lo que pudo».  

El personaje de las chabolas puede salvar a un don, inocente pero torpe, de la cárcel. En su ignorancia absoluta, en su pasado de violaciones y hambre, en su presente de muertes y golpizas es capaz de discernir lo correcto para evitar una injusticia. La ficción se torna esperanzadora: si se puede pensar, ha de poderse realizar.
Un grupo de jóvenes (no pasarían de 15, ni de 17 en edad) recorrió los 2 kilómetros de camellón verde con pista para corredores de un suburbio medianamente acomodado. La calle desierta hacía resonar sus consignas. Yo leía, pero salí a verlos. Una patrulla pasó muy cerca de ellos, intimidatoria.  Los chicos no se arredraron. La patrulla siguió.
Me busqué a esa edad en el recuerdo: la PFP había entrado en la UNAM, cuando la huelga de 99. Mi iluso padre me inscribió a un bachillerato privado que nunca terminó de pagar (salvo que su vida hubiera sido el pago). La ilusión era contagiosa, porque yo creía en aquel entonces –si es que creía algo– que ese mundo nada tenía que ver conmigo. Las lecturas de La familia de Pascual Duarte y Cementerio de automóviles me acercaron un poco a la realidad.  Entonces supe que quería estudiar Letras, que quería ser parte de la Universidad Nacional. Para conseguirlo tuve que subir y bajar muchas veces la cuesta de Indios Verdes, reconocerme parte de los suburbios donde habitan millones de esas personas en las que no puedo resignarme a descreer.
Los escuchaba alejarse por el boulevard: “si somos la esperanza de América Latina” gritaban. Me vería ridículo a mis 30 años entre ellos. “Aquel que nunca fui viene a llamarme/ al corazón y viene a entristecerme” –dice el poeta, español también. Fui un adolescente muy distinto, pero cómo me hubiera gustado ser como ellos, tener 15 años menos hoy, por una hora, y realizar ese acto inédito en la historia del fraccionamiento, acción pequeña y necesaria, como la de ese personaje literario en Tiempo de silencio, mujer analfabeta y descastada, incapaz de permitir una injusticia, aunque la novela haya de terminar mal, de todas formas, como pasa siempre con la Historia.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Para un Tiempo de silencio




Podría ser mi formación como lector, el exceso de Edmundo de Amicis durante mi infancia, los sermones dominicales duplicados en la misa y en la sobremesa… pero cuando leo novelas, pese a formalismos rusos,  estructuralismos franceses, deconstrucciones, pragmáticas y culturalismos, la nervadura viva, la gozosamente dolorosa sigue relacionada con cuestiones éticas y morales. Cuando leo desmoronarse a un personaje, cuando titubea, cuando gana sus pequeñas batallas individuales que le dan significado ante el mundo, es cuando siento con más vigor que estoy leyendo en serio. En esos momentos la literatura recobra toda su importancia y me devuelve una respuesta -quizá tenue, mas respuesta al fin- del por qué me he dedicado a esto. Porque sí, Todorov y Derrida, Ricoeur y el incómodo Said, y Zohar… sí, hay que aceptarlo: a veces leo y poso la mirada en la estructura, en los espacios, en la ley del género, en el trasfondo de los colonialismos y las periferias, me asaltan impulsos deconstructivos. Reconozco que no siempre es accesorio: los buenos textos entretejen de manera natural todo lo que la ciencia literaria ha conseguido analizar, un lenguaje asombrosamente innovador o bien cuidado los sostienen, pero la médula, el verdadero tuétano lo sigo encontrando en esas preguntas que ninguna ciencia o teoría han logrado descifrar: ¿Quién soy? ¿Qué rumbo tomo? ¿Qué siento en realidad? ¿En qué me estoy convirtiendo?
     La individualidad de los personajes, la humanidad viva que nos hace sentirlos a nuestro lado mientras leemos se expresa en estas preguntas carentes de métodos o ciencias. Su particularidad y casuística los hacen huidizos a todo intento de sistematización, y entonces hay que recordarlos uno por uno con nuestra limitada memoria. Son personas que los autores nos presentan, viejos conocidos (con la experiencia, también los autores se nos vuelven viejos conocidos) que entrañamos o detestamos por sus dudas o sus actos; podemos hacerlos nuestros o verlos de lejos, según nos convenga; personas que tarde o temprano caen en encrucijadas. Nos movemos con ellos en la medida que sus actos (de pensamiento, palabra, obra u omisión) nos causan simpatía o repulsión, en la medida que sus tensiones se hacen nuestras.
     Con todo y su “barroquismo verbal” –a decir del prologuista- un pasaje de Tiempo de silencio ha detonado estas líneas. Pedro, el protagonista, científico de medio pelo, se encuentra en una reunión de societé, que no frecuenta. Trata de adaptarse, de encajar; no puede: 

Simplemente tiene que decidir ser como ellos, ir al fruto, adherirse, asimilarse, cargar con la nueva naturaleza. Pero no quiere. Sufre porque no quiere. Sufre porque se obliga a sí mismo a despreciar lo que en este momento –miserablemente- envidia. ¿Pero desprecia este otro modo de vivir porque realmente es despreciable o porque no es capaz de acercarse lo suficiente para participar? ¿No es más que un resentimiento de desposeído o su moral tiene un valor absoluto? ¿Si está tan cierto de que lo que él quiere ser es lo que debe ser, por qué sufre? ¿Por qué envidia?
Paso muchas horas en las redes sociales leyendo, básicamente, noticias nacionales. Frente al horror de la sangre, los desollamientos y la muerte; frente al descontento y la represión; inmerso en un país que se precipita al caos pero que no deja de ofrecer fines de semana prometedores de felicidades en forma de rebajas, me pregunto si envidio o si estoy tan cierto de lo que soy. A diferencia de la Salambona de Reyes, yo no sé a qué sabe: no sé a qué sabe el dinero ni la musculatura, ni el cuerpo de las hembras selectas, ni el triunfo, ni la sangre de los machos vencidos. ¿Y si una vez probado me gustara? ¿Y si luego de correr un BMW quiero un Ferrari, yo, el que anda en bicicleta para no contaminar, para no estorbar, para ser sano y tener una ciudad más humana? ¿Y si una vez probadas, les tomara el gusto a las putas caras, yo que no me atrevo ni a tocarlas, por tratarse de desconocidas, por creer en la dignidad de las mujeres? ¿Y si por sentir, como una droga, el golpe de testosterona o el autocontrol de la adrenalina, matara, tras desollarle el rostro, a un estudiante?
     Toda esa literatura de la experimentación formal se vuelve hueca frente a las preguntas íntimas del ser humano que plantean los novelistas brillantes. Valdrá, sí, para la historia literaria, pero bien claro ha dejado ya la Historia que buena parte de su ocupación consiste en registrar y relatar barbaridades. Con todo, Luis Martín-Santos cumple la doble misión de plantear estas cuestiones y entregar una novela de gran valor formal. El mismo prologuista que habla de “barroquismo”, seguramente influido por los estudios sobre narrativa hispanoamericana,  dice que se trata –en estrictos términos formales- de una novela que marca un antes y un después. No me atrevo yo a darle razón en eso, porque desconozco mucho de la historia -con varias líneas ya escritas- de la novela de Posguerra española. Pero sí puedo decir que de las muy pocas novelas que leído (con suerte serán trescientas) no había dado nunca con algo parecido.  
     Y pienso en la historia y pienso en la Posguerra, en la Dictadura y sus barbaridades; y me veo leyendo aquí, escribiendo en medio de esta dictadura y sus barbaridades, y me esperanza saber que del dolor de un pueblo nacen grandes obras, que los dolores pasan y que, aun disfrazadas de barroquismo, las voces no silencian, aunque sea Tiempo de silencio y de rabia, de apretar los dientes.  

lunes, 3 de noviembre de 2014

Cumpleaños y calaveritas



Hoy no tengo nada de qué hablar, o tengo demasiado y mal organizado. Es más probable. Ayer cumplieron años dos de mis colegas más apreciados y aunque los felicité por convención, volví a la pregunta que me hago cuando cumplo años: ¿por qué merece celebración cada año de vida? Un relato de Sinasi Dikmen (viene en una antología, no conozco más del autor ni me quiero hacer el interesante) me hizo darme cuenta que es un asunto cultural. En el relato de Dikmen, el nacimiento de un hijo en el medio rural turco es algo tan natural, que no se guarda. Hay una fecha de registro, sí, pero no de nacimiento.
     Desde este lado del mundo me pregunto por qué hemos de celebrar algo que no pedimos, o que nada tiene de excepcional. ¿Qué valor histórico tendría mi nacimiento para el mundo, si es que llegara a formar parte de la historia? Porque los pobres no nacemos para la historia, los seres grises que no sabemos de qué hablar cuando empezamos un texto vivimos una rutina que los propios animales abominarían. Pero sin hitos y registros perdemos la historia misma, perdemos el rumbo. Ahora que estamos en celebraciones fúnebres y coloridas, ahora que, simultáneamente, tampoco tenemos nada por celebrar es cuando la historia se plantea como necesaria, y los cumpleaños son cortes de caja. No saber de qué hablar no implica falta de materia, sino quizá una sobreabundancia, como cuando hay que escombrar la habitación y vemos desorden por todos lados: no sabemos por dónde empezar, todo luce problemático.
     Si mis amigos no hubieran cumplido años, este texto sería una cosa diferente, habría retomado cualquier otra vivencia o preocupación cotidiana y estaríamos hablando de bicicletas, de cansancio, de política e indignación, de cualquier otro asunto. Pero se atravesó el corte de caja y esto es lo que tenemos. De los cumpleaños de los amigos salto al mío, a mi disgusto por la vida o a mi relación contradictoria con ella. Porque veo estas celebraciones coloridas o me veo pedaleando días atrás hacia un pueblo lejano para salir de la rutina y asistir a la celebración de Muertos. Tampoco la muerte me gusta, y menos ahora que está tan abundante, tan sonriente, tan gratuita.
     En el fondo de su lago va cobrando fuerza. Acabo de leer el texto de un amigo (que no cumplió años ahora) y habla de cómo vivimos en un gran estómago y recuerdo algún análisis periodístico de la semana, donde se hablaba de un país que se hunde. La metáfora que el periodista empleaba era tal vez de arena movediza, pero la idea no se pierde: otro amigo (éste sí cumplió años ayer) prepara un poema sobre una ciudad fragmentada. No estoy seguro –tal vez él tampoco– si quiere referirse a ésta, pero la imagen de un lago que reclama su espacio y lo devora todo me gusta para el manto acuoso que subyace en la nuestra. Un manto fangoso y asfixiante, como la mano de la muerte que nos envuelve lentamente a quienes llevamos esta vida sin sobresalto ni esperanza, amable muerte villaurrutiana, para lucir la tradición. 
     Pero pienso también en esa otra muerte que llega rápida e inesperada, sin averiguaciones ni justicias: la de los accidentados y los asesinados. Esa muerte no está en el fondo, sino en la superficie y ni siquiera a nuestro nivel, sino que viene de arriba. Y me veo rodando sobre Tlalpan a todo lo que dan mis piernas y las de mis dos acompañantes; un automovilista ebrio nos alcanza. Olvidemos las culpas: algo superior a nosotros nos puso en el mismo camino, y la muerte cobró su cuota. No puede dejar de reír porque está descarnada, y esa injusticia que se le ha hecho a veces quiere desquitarla. Entonces va con la gente pobre y pone armas en las manos de unos, los llama fuerzas de orden; tacha de problemáticos a otros y los deja a merced de sus hermanos. Todos los días aparecen fosas nuevas, restos de gente perdida, de existencia gris y sin interés, de esa que no sabe por dónde empezar un texto, que cree que no tiene nada para decir. Las ciudades se construyen sobre esas fosas, los automóviles pasan sobre los cuerpos de los ciclistas arrollados. Quedan tan irreconocibles los unos como desaparecidos los otros. La única certeza –publicada en la primera plana del Gráfico o dolosamente silenciada– es que están bien muertos, con la pata bien estirada, pero ya no les duele, porque a los muertos no hay pedaleada que los acalambre. Les duele a los vivos: a ellos sí que les han arrancado de un guadañazo parte de la existencia.
     Ante las veleidades de esta muerte –que sí es súbita (no como la del fútbol) porque todos la esperan– la celebración de los cumpleaños luce, ciertamente, razonable. La azúcar que cubre esos pasteles que se han puesto de moda es casi tan sólida como la de las calaveritas de las ofrendas. Acaso sea un aviso, acaso la blancura del azúcar haga brillar nuestros huesos al fondo de la fosa. Da de qué hablar.