viernes, 6 de julio de 2012

La noche del encuentro

Otto Dix. Encuentro nocturno con un loco.

Entre las densas nubes de las explosiones y la tierra levantada, entre el olor a pólvora y a hueso incinerado, la luz de la luna parece asomarse; puede ser que el horror o su indiferente timidez no nos permitan verla por completo. Más allá de este paraje, donde la sangre se abre camino por la más minúscula grieta de tierra, conectando entre sí cuerpos sin nombre y sin forma reconocible, la noche ha de ser clara, quizá serena.
Ahora me toca llevar a Hans: un alambrado de púas le destrozó la pierna cuando parecía que ya alcanzaba la trinchera y se ponía a salvo, si es que se puede estar a salvo entre cuerpos que se pudren, o se comen a sí mismos por el hambre o la infección. El campamento está a unas cuantas horas a pie, los vehículos no pueden entrar porque la trinchera quedaría al descubierto, entonces los aviones harían todo. Nos toca ser relevados luego de tres meses que no me siento capaz de describir, porque no estoy seguro de haberlos vivido. El peso de Hans se vuelve insignificante al recordar la explosión de aquella mina que arrojó sobre mí no sé cuántas toneladas de tierra y restos sanguinolentos de carne muerta, carne de compañeros con los que había hablado o compartido el rancho minutos antes; enterrado vivo, creí que había llegado el fin, y  aun en la desesperación de la asfixia sentía un alivio, una especie de liberación. Pero pronto una mano conocida desenterró mi cara y me volvió al aire pestilente de la guerra.
Otto estaba ahí, viéndolo todo con esa mirada endurecida por el hambre, el hedor y un miedo casi desvanecido por la cercanía de la muerte. No dormía por apuntar y hacer bocetos rápidos. ¡Se necesitan verdaderas tripas para pintar esto, se necesita una templanza de gigante! Yo no podría. Además nunca he pintado nada. Creo que no me gustaría ver expuestas las obras de Otto, si es que alguna vez llega a ser un grande, si es que logramos llegar al campamento para ser enviados a casa de una vez por todas. Otto ya ha llevado a Hans y lo ha oído quejarse, algo debió decirlo porque se ha callado; yo sospecho que viene dormido en mis espaldas.
            Entramos en algo que parece haber sido un poblado campesino ya arruinado por las explosiones. Algo se remueve entre el silencio. La polvareda se ha desvanecido un poco y la noche aclara. La luna alumbra escenas habituales y nos ayuda a no tropezar con los cuerpos, nos muestra restos de racionamiento que podrían sernos útiles, pero que no nos detenemos a recoger por nuestra urgencia de llegar. Hans empieza a retorcerse y me es difícil sostenerlo pero no se queja, su dolor debe ser inmenso. Otto se adelanta unos pasos hacia la fuente del ruido. Alcanzo a ver un puente. Otto lanza una exclamación y da un salto hacia atrás, luego avanza de nuevo sin empuñar su arma. Al doblar la esquina se ilumina el espectro humanoide de un ser desencajado de toda realidad. Avanza hacia nosotros con el rostro eufórico y ennegrecido de ceniza y hollín, aunque no parece vernos. Su mirada se perdió en un lugar sin tiempo que no imaginamos. El ennegrecido y roto uniforme no nos permite saber a qué filas ha pertenecido. Tras él, la luna relumbra con más brío y los cuerpos parecen cobrar vida con la luz. Un paisaje macabro al que nos hemos acostumbrado con el servicio. Otto parece impresionado por la aparición; sabe que es habitual, pero vio algo que quizá esta noche, si existe un dios que nos lleve con bien al campamento, será transportado al papel, traducido en unas formas que sólo él sabe hacer tan dolorosas como esta maldita inmundicia.



Lánzate a ver obras de Otto Dix al Palacio de Bellas Artes.


1 comentario:

  1. "Pero pronto una mano conocida desenterró mi cara y me volvió al aire pestilente de la guerra". Cuento, invitación, impresionismo. Pero sobre todo obsesiones, recuerdo tu cuento de "La feria de las balas" ¿Se llamaba así? ¿Qué tiene el patidifuso con las personas enterradas vivas? ¿Metáfora del hombre, sentido literal -sin pensar en las connotaciones ya es un acto terrible? Quizá ni siquiera lo ha pensado el sr. Patidifuso. Pero si así, no estaría mal ahondar en los porqués de esa mente tan perturbada.

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