domingo, 28 de julio de 2013

Oscuro sueño de vuelta al pasado

No sé por qué me hubiera gustado empezar diciendo, como el narrador de Proust: “Desde hace tiempo he estado acostándome temprano”, pero es falso, las vacaciones me permiten darle mis mañanas al sueño y casi siempre me acuesto tarde; además, la misma relajación vacacional o quizá los medicamentos para la gripe hacen de mis noches un recinto inmejorable para el sueño que en nada se parece a los atormentados insomnios del pequeño personaje de la novela.
Una de las ventajas del sueño radica precisamente en la clase de cosas que nos hace ver y el modo como las hace parecer verosímiles por absurdas que parezcan. Aunque no siempre son absurdos y muchas veces nos espante su parecido con la realidad, se trata de un material al que difícilmente renunciaríamos. Hay sueños que no olvidamos nunca y a los que guardamos el mismo particular afecto con que solemos rememorar pasajes especiales de nuestra vida. Es así como esta noche me encontré a la puerta de mi casa a uno de los mejores amigos de mi infancia, a quien ahora veo con muy poca frecuencia. Su mirada estaba ensombrecida, la atmósfera, casi siempre azul de mi pueblo, ahora lucía fúnebre como el rostro del amigo. Venía a decirme, tratando de vencer la turbación de sus emociones, que acababa de enterrar a su padre en el terreno baldío que ha habido siempre junto a mi casa, para –según él– dejarlo en compañía del mío que él sabía sepultado también en ese lugar –para que se hagan compañía–. De haber estado lúcido la carcajada hubiera sido inevitable: si bien mi padre yace ya bajo tierra, está en un panteón bastante lejano; y el padre de Ricardo, hasta donde tengo noticia, relativamente reciente, vive aún y todavía tiene las fuerzas para trabajar.
Sin embargo, la atmósfera del sueño y el dolor en el rostro de mi amigo hicieron que mi reacción en el sueño fuera totalmente en conformidad con sus circunstancias. Me vi a mí mismo presa de un dolor tan terrible como si mi padre hubiera muerto de nuevo, como si la empatía causada por el sueño fuera capaz de despertar ese recuerdo tormentoso tan vívidamente como si volviera a experimentarlo. Sobre la intensidad de estos recuerdos se ha escrito una novela única, tal vez por eso me hubiera gustado empezar la entrada con las palabras de Proust.
Más grave aún es pensar en aquellos sueños que representan una conexión extraña con el mundo porque nos adelantan cosas de él, inesperadas para nosotros, pues están dotados de un poder premonitorio. Afortunadamente, esos sueños son muy poco frecuentes en mí, y cuando ocurren, generalmente se relacionan con eventos de poca importancia. De ser el caso, tendría que salir en busca de mi amigo y de ese pasado que él representa. Esa búsqueda sería una forma quizá de recuperar el tiempo perdido, donde mi pasado infantil se reconectaría con el presente no sólo a través de la memoria, sino más radicalmente con la fuerza material de los hechos. Evidentemente las circunstancias del reencuentro serían de lo más oscuras, pero también, por eso mismo, podrían revestirse de la intensidad necesaria.
Sé que el Psicoanálisis está bastante superado, pero presiento que volver a ese pasado por un mandato del sueño o del inconsciente podrían tener alguna significación especial, como la de que mi amigo es un hermano perdido y como si esta pérdida común (todavía imaginaria) del padre me lo hiciera nuevamente necesario, o me hiciera a mí necesario nuevamente para él. Porque en el remoto pasado de la infancia los afectos son más bien necesidades que vamos perdiendo conforme la vida nos hace conscientes de nuestras propias fuerzas o conforme nos obliga con su dureza a valernos de ella por nosotros mismos, haciendo de los afectos una carga inútil o un estorbo para la realización de nuestras metas, quién sabe si no impuestas por nuestro enrolamiento en el mundo de los adultos, en el que las cosas “importantes” no tienen nada que ver con aquello que en verdad nos importaba cuando niños y que por alguna inesperada razón, tan anodina –dirán algunos– como lo es el sueño, vuelven de pronto a sernos importantes y necesarias. ¿Buscaré a Ricardo? ¿Llevaré las peroraciones a los hechos? Tal vez, pero eso ya será otra experiencia que quizá tenga menos relación con Proust y con los sueños y quizá tampoco sea una pérdida de tiempo.    

lunes, 22 de julio de 2013

Gordas serranas, embriagadoras curvas


Sé que no tardarán algunos sectores del público femenino en arder en indignación. Se me hablará sobre la equidad de género, sobre la absurda preferencia de los hombres con respecto a la fabricación de estereotipos que sólo resaltan, utilitariamente, el aspecto físico del respetable “sexo bello”. Y es que un título es suficiente para despertar iras y debates académicos (sobre todo entre quienes solamente leen los títulos, que serán más de uno). Sin más pecado, quizá, que el de no saber escribir, el torpedeado autor de este texto –que cada vez se parece menos a un crónica – recibe las implacables críticas, cuando su única y candorosa intención era relatar, muy sucintamente, su excursión a la Sierra Gorda de Querétaro a través de inacabables caminos en los que cada curva era un reto o motivo para que sus acompañantes se sujetaran bien de sus asientos.
Ante estas palabras, las implacables críticas de la cultura, guardarán silencio pero se me quedarán mirando con cierto resquemor, con unos ojos de “cuidadito, te estamos checando”, dispuestas a saltar ante cualquier intento de atropello a los indiscutibles derechos de… Aunque siga escuchando sus juramentos a la distancia, la vagoneta empieza a habituar su marcha a lo sinuoso del asfalto, a los escarpados caminos de terracería que conducen a los puntos de interés de la serranía.
Viniendo de Cadereyta y Vizarrón, nos adentramos con un imponente macizo de elevaciones semidesérticas, roca arenosa que –juramos– nos resecaría la piel al simple contacto; algunas cactáceas, muchos burros cruzándose por el camino. Pronto las alturas comienza a quitarnos la sensación de seguridad y tierra firme, pues vemos que tres pasos más allá de la carretera está el inacabable abismo, al mismo tiempo creemos que podemos volar (si el conductor no es lo suficientemente avispado esa posibilidad se convierte en certeza), flotar por sobre el desierto y entender por qué se le llamó Aridoamérica a esta región cuando nuestros antepasados.
Aunque las curvas nunca terminan, comienzan a volverse más amables y el paisaje empieza a enverdecer. Se respira la humedad, las alturas comienzan a poblarse de enebros y la roca pasa de la arena y las lajas a un profundo gris que revela menos erosión de los vientos: las montañas centrales protegen a sus vecinas de los aluviones. Nos acercamos a Pinal de Amoles, el nombre del poblado cumple su promesa, los pinos bordean la carretera y cubren la totalidad de las montañas hacia las alturas y también hacia los abismos que no dejan de ser una amenaza.
Si se quiere un poco de confort, es necesario llegar a Jalpan de Serra, la ciudad más grande de toda la Sierra Gorda; si el confort es secundario, por toda la zona hay parajes idóneos para acampar o para dormir en cabañas. Una vez dentro de la sierra el tiempo pasa muy rápido entre la cantidad de cosas para ver y entre las breves pero accidentadas distancias que deben cubrirse entre una y otra. Las cinco misiones de fray Junípero Serra muestran un estilo arquitectónico único y colorido, parecido entre cada una de ellas salvo la importante diferencia del paisaje que las rodea. La cascada del Chuveje, el río Escanela o las Adjuntas, el árbol milenario, sólo superado por el del Tule oaxaqueño son puntos indispensables para quien busca las magníficas manifestaciones de la naturaleza. Hay miradores por todas partes, algunos sobre la carretera, otros más intricados pero que tal vez sean los que me más valen la pena. La guía indicaba en algún punto uno llamado Puerta del Cielo, pero nunca di con él, probablemente mis pecados me hayan negado ese privilegio común a los demás.
A cada vuelta de monte aparecían las serranas de piel tostada y curtida por los ventarrones. Era inevitable el recuerdo del Arcipreste de Hita, mas no pude imitar su suerte (si es que se le puede llamar así).  Después de algunos días, harto de curvas, emprendí el descenso, para llegar puntual y como atraído por algún instinto a las fiestas de la vendimia en Ezequiel Montes y Tequisquiapan. Si fue un instinto lo que me llevó hasta ahí, descubrí que se trataba de uno muy común, sobre todo a los chilangos dipsómanos que abarrotaban los viñedos y formaban largas colas para comprar una botella o pisar las uvas. No pudiéndome (a pesar del largo rodeo serrano) excluir de la beoda y numerosa tribu, decidí aceptar el peso de esa condición y, como el tiempo y la enfermedad (que padecí durante todo el periplo) también apremiaban se hizo necesario ponerle fin con la siempre triste vuelta a casa que, como casi todas, carecieron de novedades.   

domingo, 14 de julio de 2013

Perra memorable vida


Es necesario que declare mi debilidad por los perros. Me anticipo al anodino debate que suele sostenerse respecto de la superioridad de éstos en comparación con los gatos. Amo también a los felinos y no tengo interés alguno en tomar partido. Sin embargo he decidido hablar de los primeros debido a una experiencia vivida en el último viaje, en mi visita a la gruta de Atepolihui en Cuetzalan.
Junto con Javier, mi guía, descendieron Uriel, aprendiz de guía y el Güero, un perro criollo a tres colores, de inteligencia y lealtad excepcionales. En cuanto vio que Javier se había puesto las botas, se alborotó y fue adelantándose por el sendero que conducía a la gruta. No se separó de nosotros en todo el camino: se abría paso entre la hierba, saltaba y bebía de los arroyos, se adelantaba un poco o a veces se rezagaba para olisquear el rastro de un animal o de alguna planta desconocida. Al llegar a la gruta no se arredró ante la oscuridad; entró con nosotros y trepaba las rocas con una facilidad admirable. Sólo hubo de dejarnos, entre aullidos de impotencia, cuando llegamos a un paso por el que era necesario bajar a rappel para continuar el recorrido. Estuvimos aproximadamente media hora explorando los rincones de la gruta, alumbrados tan sólo por las linternas de mano o la que yo llevaba en mi cabeza. Cuando volvíamos al muro ya se escuchaban los ladridos, el aullar ansioso del Güero por volver a vernos. Ahora lo imagino, echado sobre la roca, sumido en la más absoluta oscuridad, solo y bajo tierra esperando a Javier (o a todos) como no se espera ni a la novia. Meneaba el rabo mas no daba brincos ni lametazos como lo haría cualquier perro casero.
Javier no tenía para él muestras de afecto ni se hizo evidente que le diera de comer o que lo hubiera adoptado intencionalmente, pero el Güero sólo lo seguía a él, como si lo hubiera elegido de entre todos los guías. En los pueblos la relación entre el hombre y sus mascotas es mucho más realista: difícilmente se le habla a los perros ni se les dan esas muestras de afecto que con voz alelada, como si fueran niños pequeños, solemos darles los citadinos. No vi indicios de una relación interesada. Simplemente eligió el Güero a Javier y se asumió como compañero suyo, en un lazo de lealtad tan arbitrario como duradero.
La compañía del Güero me hizo recordar a la alocada Karla (la criolla que mi primo nos ha dejado en una especie de comodato) en nuestra excursión a los Dinamos: nos seguía suelta a todas partes, saltaba los pasos difíciles entre de los senderos, cruzó el río, resbaló en una roca intentando salir de él y estuvo entre nosotros toda la noche durante la fiesta con que terminamos la excursión. La lealtad de los perros es un don con que la naturaleza nos ha privilegiado, quizá uno de los pocos que nos quedan.
Entre las páginas de El manuscrito carmesí, leo con gusto que el amor o la admiración por los canes no pasa desapercibida entre los escritores, pues se trata de un vínculo del que es necesario dar cuenta, ya sea como homenaje, ya sea por el peso que suelen tener en nuestras vidas. Curiosamente, me percato de que casi todos los libros cuyos perros recuerdo han sido especialmente significativos para mí. La lista es larga pero no quiero omitirla y creo que de uno se podría hacer, si no un libro, al menos sí una entrada (hablando del libro, ignoro y pregunto a los lectores si conocen algún volumen serio sobre el perro en la literatura; podría ser un buen libro de ensayos o una divertidísima tesis de literatura comparada).
Empiezo: los perros Din y Hernán, en El Manuscrito Carmesí, cuya lealtad contrasta con la agitada red de traiciones que regulan el actuar de todos los personajes humanos; el enorme perro (no recuerdo si tenía nombre) del bisabuelo del protagonista en El Jinete Polaco, de Muñoz Molina; Orfeo (uno de mis favoritos) en Niebla; La Chispa, muerta en uno de los muchos impulsos de Pascual Duarte, en la única novela que me gusta de Cela; Cipión y Berganza en uno de los más célebres ejemplos de cómo narrar desde la perspectiva perruna en El coloquio de los perros. Esto en la tradición española, porque hay muchos y más importantes en otras: Flush de Virginia Woolf; Karenin, en uno de los más conmovedores pasajes sobre perros que he leído en La insoportable levedad del ser; el protagonista de Corazón de perro, de Bulgákov; otros que conozco de oídas porque no he leído aún como en cierta novela de Graciliano Ramos cuyo nombre no recuerdo; todos los que ignoro o he olvidado y, finalmente, el apenas mencionado pero más célebre de todos: Argos, perro de Ulises que con sutileza rencarna Giuseppe Tornatore en Cinema Paradiso, cuando Totó vuelve hecho un hombre a casa. Hablar de los perros en el cine sí sería cosa de no acabar jamás. Argos, como el buen Güero, ejemplifican la cercanía de la vida y la literatura: el uno descendiendo al inframundo tras aquel al que ha elegido como amo; el otro, destinado solamente a esperar al suyo, para reconocerlo, recibirlo y caer muerto tras una espera de veinte años. Si hay algo que simbolice el reconocimiento, la pertenencia del hombre a su tierra o a su hogar es la serena y leal presencia de un perro, espejo en el que vemos los defectos de nuestra condición. 

    

viernes, 5 de julio de 2013

Extravío y retorno de un compañero pródigo


Nunca vieron las industriosas pero quietas calles de Cuetzalan correr a alguien con tanta desesperación. No estaba el maldito: ni en la mochila ni en ninguno de los muebles. La mochila estaba abierta y la computadora aguardaba en su lugar a ser utilizada. Bajé corriendo los cuatro pisos de mi habitación a la calle. No pareció extrañarle mi prisa al recepcionista que, simplemente tomó mi llave. Hice bien en sacar el paraguas porque a lluvia arreciaba. Pasaba por mi mente la imagen de mis pasos por el empedrado en la calle del café, lo llevaba bajo el brazo. Volví a la panadería de enfrente, que había sido mi última parada antes de entrar en el hotel. El hombre revolvió unas bolsas, nada.
Traté de rehacer mi camino hacia el café, llegué al mercado y me di cuenta de mi error, volví atrás una calle. Ahora sí, por ese sitio sí había pasado. Miraba en las cunetas, en las aceras, dentro de los locales, las manos de la gente, sus rostros a la espera de que leyeran mi angustia en la mirada y con un magnánimo ademán dijesen: ¿es suyo, joven? Pero nada. Estuve a punto de pasar la calle del café. Me desinvitaba a subir una hilera de pollos desplumados que colgaban de una tarima, sumada al recuerdo de cómo lo llevaba bajo el brazo, pero era necesario agotar los recursos para encontrarlo, porque no podía dejarlo así. La chica del café se contagió un poco de mi angustia. –Lo llevaba en la mano, joven. La vi buscar y remover. Tampoco estaba ahí. Recordé que la mochila estaba abierta así que ya pensaba lo peor. Lo imaginaba mojado y revolcado, perdido y solo, destrozado tal vez bajo las ruedas de los coches que en esta ciudad serrana suben a toda tracción.   
Nunca, los ajetreados aunque parsimoniosos empedrados de Cuetzalan habían visto correr a nadie con mi desasosiego, nunca. Ya iba cabizbajo, imaginando las horas muertas sin él, atrapado en las blancas paredes de la habitación, dando vueltas en la cama, peor aún: recurriendo a la televisión. Al doblar una esquina recordé que estuve a punto de guardarlo en la mochila, que la abrí, mas no estaba seguro de haberlo introducido. Una carretilla nueva, de un naranja parecido al suyo me hizo recordar que al bajar la calle rebasé a una viejecilla, y al hacerlo di un par de tumbos. Ése fue el momento cuando debió haberse salido. Revisé bien los rincones de las calles en busca del algún rastro, que sería muy evidente. Entonces vi la tienda.
Con la desesperación creciendo entre mis nervios, había subido por otra calle; por eso no había vuelto a pasar por la tienda. Detrás del revuelto mostrador, y atosigado por la música de la cantina clandestina que había unos metros más adentro de la construcción, el hijo del tendero jugaba con su celular. Apenas si me vio. Empezaba a auscultar el rostro de su padre, cuando lo descubrí sobre el mostrador.
El muy desgraciado estaba seco y resguardado por el tendero, ocupado en despachar a otros clientes. Balbucí unas cuantas palabras mientras lo señalaba. El hombre descubrió mi desesperación y me lo devolvió con toda la calma del mundo, al tiempo que mandaba a acomodar unos paquetes de refrescos. Pronto lo tuve en mis manos otra vez, el manuscrito, bueno, El manuscrito. Para todos, quizá, no tendrá el mismo valor que yo le otorgo, pero de haber caído en mis manos por vía de algún desprevenido como yo, seguramente no lo habría devuelto. Es mi libro, compañero en estos días de viaje. Hoy ha sabido mostrarme que toma sus propias decisiones, e incluso que puede darse el lujo de chantajearme, de exigir que no lo descuide. Sospecho que se mima demasiado, que se me entrega con una avidez no soportable para mí, para mi ritmo apaciguado con las lecturas que disfruto, tal vez justificable por lo mucho que me he dedicado a escribir en estos días.

Volví al hotel, ya con él en la mano. El recepcionista me dio la llave con la misma cortesía para enviar de nuevo su apática atención a la señorita Laura. Subí las escaleras, y justo donde nadie me veía, lo besé. Había sido un susto tremendo del que no podía aceptar responsabilidad alguna. Si los futbolistas besan un balón o un trofeo, ¿por qué no iba yo a hacer lo mismo con mi compañero, y más cuando era ahora, él mismo, mi trofeo, la recompensa de mis búsquedas? Al llegar a la habitación lo maldije y me propuse, como venganza, leer por lo menos hasta la página 300. No sé si vaya a cumplirlo. Reposa ahora sobre el buró con su dura pasta sin decoración alguna, sin ostentar más datos que los necesarios: Antonio Gala, El manuscrito carmesí. Carmesí, un color vivo, como los tejados de esta pequeña ciudad adosada a las honduras de la sierra, que nunca había visto correr así a alguien en pos de un amasijo de papeles.