miércoles, 21 de enero de 2015

Manos sin sangre ni tinta


No sé si haya quien compre el periódico en estos días. Por las mañanas los obreros que no temen ensuciarse las manos hojean los pliegos entintados, repletos de anuncios y pornografía. Esos no son periódicos. Y aunque lo fuesen, su lectura está marcada por su carácter privado: si alguien más quiere enterarse, que compre su propio periódico. El metro es silencioso por las mañanas. Quienes tienen el privilegio de sentarse se arrebujan en sus chamarras, y quienes van de pie expelen su resignación a la jornada en forma de calor humano compartido. Nadie habla de lo que va leyendo en el periódico. Nadie aventura la charla con un desconocido, como si el contenido del periódico no fuera asunto de todos.
 Encerrados en nosotros mismos, nos hacemos a la idea de que es más fácil enterarnos por otros medios. La televisión y el internet, también privados, no manchan las manos de tinta. Los sitios electrónicos de los periódicos, además, ofrecen un espacio de intercambio que no encontramos en otros medios. La noticia queda abierta a comentarios del público, con ello los editores pueden a la vez darse una idea de la efectividad comercial de la prensa en línea y monitorear la opinión pública. En el aislamiento de la oficina o de casa, frente a la pantalla, no tenemos miedo a decir lo que pensamos y soltamos nuestra opinión aunque  difícilmente sepamos escribir. Si en el Metro alguien comenzara a darme su opinión sobre lo que voy leyendo en el periódico, lo vería como una impertinencia; si además de eso su opinión no coincidiera con la mía, la situación sería francamente incómoda; si se añadiera, además, el factor necedad del que padecen (¿debo decir padecemos?) una cantidad notable de mexicanos con buenas intenciones, el saludable ejercicio de intercambio de opiniones podría tener no muy saludables consecuencias: un coraje o un puñetazo son las formas más efectivas de confirmar nuestra propia opinión frente a la contraria.
Sin duda es mejor informarnos en la comodidad del aislamiento, pues podemos decir lo que pensamos. Según apunten hacia arriba o hacia abajo, flechitas y pulgares condenan o aprueban nuestra opinión. Cuando alguien nos responde es porque hemos logrado destacar entre el enjambre de comentarios cuya lectura por parte de un usuario real parecería impensable hasta que nos descubrimos haciéndola. Nos defendemos y rebatimos. Las respuestas de los otros pueden achicarnos o envalentonarnos. Por regla general, el intercambio debería terminar en cuanto aparece el primer insulto, mas no es así.
El anonimato y la inmediatez de la red son aprovechados por ejércitos de manipuladores de la opinión pública. Incluso para el público menos preparado, un locutor de radio o televisión que quisiera vender una opinión debía echar mano de una astuta organización del discurso, de una oratoria convincente, de una serie de gestos creíbles ante la cámara. Pero los indicadores de opinión en las redes operan cuantitativamente y a través de etiquetas que nadie razona. Los nuevos manipuladores de la opinión escriben una frase o un hashtag que copian y pegan indefinidamente en todos los espacios posibles. Se le pagan míseros salarios por pasar horas frente a una pantalla “opinando”, insultando muchas veces a usuarios reales que llegan a caer en las provocaciones. No es infrecuente leer desafíos violentos. La frustración del anonimato termina en una invitación a los golpes con fecha y lugar que naturalmente no se cumplen, pero aumentan la crispación y división de los usuarios.
Anoche me senté a ver con mi madre un capítulo de la serie española “Cuéntame cómo pasó”. En él se narraba a través de la mirada de los personajes de un barrio popular madrileño, el ambiente de tensión por el atentado de ETA contra Carrero Blanco, en el 73. Confusos y temerosos, atemorizados por falangistas y perseguidos por la policía social, los vecinos se refugian en los espacios comunes del barrio para discutir la situación. Cuando se declaran de uno o de otro bando la división también es evidente. La memoria de la guerra llega incluso a los más jóvenes: los niños del barrio se hacen enemigos según el bando al que pertenecen sus padres.
Estos bots, pagados para insultar y provocar comentarios incendiarios deben divertirse en su trabajo. Mercenarios de la opinión, se mofan cuando alguien responde y se esfuerza por hacerlo razonablemente. Frente a cada suceso importante, se encargan de formar los bandos opuestos de opinión y de azuzar la violencia. En una situación de Estado sordo, represivo y descarado, los bandos cada vez son más claros. ¿Hasta qué punto la opinión pública podría sentar las bases de una guerra civil? ¿Seguirá siendo este el país donde no pasa nada? Ignorar a los bots podría ser recomendable, salvo por un par de cuestiones.
La primera: al hacerlo nos cerramos espacios de opinión a los que tenemos derecho. Una cuenta invadida por comentarios repetitivos, automáticos e insultantes es cerrada también automáticamente por los administradores de los sitios: aplicaciones creadas para identificar spam, pero incapaces de razonar su fuente. El ejemplo claro son los hashtags #Yamecanse que criticaban al procurador de justicia. Los ejércitos de bots se han dedicado con fruición a invadirlos de basura cibernética para que el administrador de twitter los tire inmediatamente. El espacio de expresión ciudadana queda clausurado.
Segunda: ¿De dónde y con qué finalidad se le paga a esta gente? ¿Qué clase de ciudadanos se prestan a estos ejercicios? ¿Hay una conciencia ideológica? El dinero sale, sin más, de nuestros impuestos; se paga para aparentar que la opinión pública es favorable a las medidas gubernamentales o, en el peor de los casos, para manipular esa opinión. Quienes integran estos equipos de trabajo suelen ser jóvenes sin otra ocupación que ésta, de una bajísima extracción social cuyo problema principal no es la pobreza, sino la incapacidad de percibir sus circunstancias ni las consecuencias políticas de sus actos. Más grave sería aún que su actuación fuera consciente. Sabemos que no lo es, pero se dan casos: si exploramos el perfil de ciertos comentaristas, sobre todo de los que se toman el tiempo de elaborar comentarios más complejos, no es infrecuente encontrarse con militares o militantes de los partidos.
El dinero invertido en manipular la opinión expresa una preocupación por ella. En el país de “no pasa nada”, sí pasa algo, y grave. Parecería inexplicable que no haya estallado la guerra civil: cuando las elecciones presidenciales de 2006 los bandos tenían tinte partidista, se veía venir una hostilidad entre los que votaban por el statu quo y los que querían el “cambio verdadero”; el segundo fraude en 2012 debió abrir más la brecha entre estos mismos bandos, pero el más reciente fraude de la incorporación de morena al sistema de partidos, luego de que su líder hubiera mandado al diablo las instituciones, deja en claro que no hay bandos en este país, que la guerra civil es imposible. Tal vez sea mejor.
El odio del ciudadano se mitiga contra vándalos pagados, como los bots, para dividir más la opinión y hacer más confuso el panorama, para que quienes quisieran actuar no sepan por dónde cortar. Cuando ciudadanos como Mireles o Mora pasan a la acción, se les elimina y se paga a bots para hacer creer que merecían su suerte y despertar el odio. Además, Michoacán está muy lejos y el narco no es problema de chilangos mientras no cruces hacia Ecatepec. Veo en la serie española a los vecinos refugiarse en una casa para enterarse del asesinato de Carrero Blanco, pero no me veo discutiendo con mi vecina de a lado, que conozco de toda la vida, sobre la desaparición de 43 estudiantes, ni las dos matanzas análogas en Tlataya y Apatzingán. No sé cómo se llama mi vecina de enfrente, y sospecho que si algún día muero en el departamento, solo, nadie vendrá a buscarme hasta que me haya empodrecido un poco. Es obvio que yo ignore su opinión sobre los asuntos nacionales, tal vez ni los considere asuntos suyos.
Para no ensuciarnos las manos, evitamos la tinta del periódico, saludar al vecino de a lado. Corre mejor la sangre, tenemos la cómoda sospecha de no ser nosotros quienes nos teñimos de ella. Está lejos y no es nuestra, ni de nuestros hijos, que tampoco sabemos con certeza a qué se dedican en su trabajo, pero se pasan el día en una computadora, en internet, en tending topis o jastacs, esas cosas de los chavos que ya no estamos en edad de entender.  

martes, 13 de enero de 2015

Botón de reinicio




Los horarios de trabajo, los resabios de la sangre y la injusticia en los que el país se ha visto envuelto los últimos meses me tenían algo alejado de la escritura: entre el poco tiempo y el ardor de mi visceralidad consideré prudente –no sin reconocer cierta indolencia– postergar el regreso al blog para mejor momento. Ni fue propósito de año nuevo ni estoy justificándome del todo. Ahora, con más tiempo para decidir qué cosas de las que vivo o pienso puedo llevar a la escritura sin que vayan acompañadas del discurso incendiario a que fuerza la política, espero dejar este canal abierto a quienes con cierta constancia me han venido siguiendo.
Reiniciar, o retomar el camino son actos de la voluntad sumamente loables para quien tiene algo claro en mente; para quienes no, el regreso pudiera parecer necedad. En ambos casos los esfuerzos tendrán sus consecuencias, y son ellas las que forman nuestro destino. Hoy justamente, en uno de los nuevos cursos que estoy impartiendo hablé de los novecentistas y su visión de un reinicio para España: para trascender el lamento por la pérdida y el despertar del letargo que trajeron los noventayochistas, los jóvenes del 14 se enfrentaron a la titánica tarea de comenzar de nuevo. Impulsados por la juventud, los elementos de la generación anterior que aún conservaban la fuerza para no dejarse derrotar por el recuerdo del desastre se sumaron a sus esfuerzos. No es nuestro caso tan trágico: un mes sin escribir o publicar no le hacen mal a nadie.
     Es natural que busquemos certezas sobre los resultados, pero el que este espacio busca no va más de la respiración ordinaria que una mente puede traducir  a escritura, respiración que se comparte para quienes quieren observarla, en el entendido de que solemos aprender sobre nosotros viéndonos en los demás. De modo que si el resultado es volver a compartir el aliento semanal o quincenal en una página, bienvenido sea. La vocación del escritor, aunque necee en serlo, incluye series incontables de reinicios frente a un conjunto casi siempre reducido de resultados.
       Como sea, contener el aliento no implica que se deban callar la tragedia o la irritación. En una situación tan desastrosa como la que vivimos sería antiético mantenerse aparte e ir a encerrarse en la torre de marfil. Esa burbuja en la que habitan, para esconderse de la responsabilidad, quienes deberían afrontarla. Pero basta de acusaciones, los reinicios ocurren porque tenemos esperanza de recuperar algo que hemos perdido, incluso el camino. Cuando el terreno comienza a perder estabilidad, quien rehace el rumbo percibe como necesario volver sobre pasos que antes parecían más firmes. Cuando una meta que veíamos cercana cierra sus caminos, los reinicios suelen ser dolorosos. Una meta abandonada es más frustrante en función del empeño que hemos puesto en conseguirla. 
     El optimista ve el reinicio como una oportunidad nueva, como si bastara el aprovechamiento de una sola para un cambio de destino, como si el tiempo en el que se estuvo errado no contara o nos fuese integrado por alguna entidad superior. Como contraparte, los reinicios nos dan la ventaja de la experiencia: si bien nos podemos hallar más debilitados, el temor de cometer errores que son propios del camino nos pone alerta, y si llegáramos a percibir que repetimos nuestros pasos, nos detenemos, alentamos el paso, lo apuramos cuando el recuerdo nos advierte que fue precisamente la dilación la causa de nuestro yerro. Percibimos indicios que antes no parecían claros y gozamos con la autocorrección, con la suficiencia moral de la enmienda.
      Cuando en vez de reiniciar reanudamos los cabos, una vaga convicción de llevar el rumbo adecuado nos da la fuerza. En la pausa verificamos el recorrido y el itinerario, echamos una ojeada al horizonte, verificamos si conviene seguir. Porque es mentira que las suertes estén echadas: “ya entrados en gastos” solemos decir para justificar que nos hemos resignado a lo que viene, a lo que no se esperaba pero es viable cumplir en las nuevas circunstancias. El camino puede rehacerse siempre. Incluso cuando la meta está tan cerca que el verla sólo nos sirve para convencernos de que no era exactamente ahí a donde queríamos llegar; la experiencia del andar nos ha cambiado y podemos volver la vista a rumbos más promisorios. Por eso cada reanudación tiene su mucho de convencimiento. Sólo la Moira puede cortar el hilo de manera definitiva, antes de ese corte los nudos son insustanciales, incluso marcan los rasgos distintivos de cada vida.   
       “Yo soy yo y mi circunstancia” –vuelvo a la clase del Novecentismo y concuerdo, con Ortega, en que muchas de las pausas que tomamos en nuestra vida personal nos vienen de las circunstancias de lo social, de lo que es exterior a nosotros. Los nuevos bríos con que reanudo el curso de mi escritura me vienen también de fuera: si el sistema se detuvo o dejó de responder, es porque me hacía falta convencerme de apretar el botón de reinicio. Envuelto por la circunstancia, la escritura podía volverse grito; el pensamiento, niebla; el silencio, muerte. Esa que en estos días abunda y parece querer hundirnos en lamentaciones como puede hundirse un cuerpo bajo tierra, repleto de semillas, repleto de memoria y esperanza que tardan muchas veces en brotar.