jueves, 25 de junio de 2015

Agujas del pajar


Por segunda ocasión seguí las recomendaciones literarias de una colega a la que estimo mucho. En mi ánimo de conocer autores nuevos y adentrarme en gustos distintos, acepté, en una semana llena de trabajo, el libro que tanto había elogiado el día anterior, mientras comíamos. Como me lo prestó, esta segunda vez al menos me consuela que mi apertura no me costara dinero.
     La primera ocasión la vi en un stand de la editorial para la que trabaja, durante la Feria del Libro del Palacio de Minería. Me atendió con una sonrisa diligente mientras se revolvía entre sus quehaceres de organizadora. Todo fue rápido: las recomendaciones, la compra, la firma del autor, que se encontraba presente… Desafortunadamente lo fue también el desencanto. El primer cuento no me gustó, pero me pareció aceptable, seguí; el segundo me gustó menos, seguí; llegó un momento en que empecé a frustrarme. Mi goce de lector no correspondía al fervor con que el libro me había sido presentado. La sonrisa de mi colega, su forma despreocupada de hablar sobre literatura, sus gafas de pasta que, pese a la moda, siguen haciéndome ver inteligentes a las personas…
     No terminé el libro, llegué a aventarlo un par de veces, y la paciencia (o el remordimiento por el dinero invertido) me hicieron levantarlo y continuar. Aún así no logré terminarlo. Los cuentos, que caían una y otra vez en los juegos facilones, en el abuso de un lenguaje florido que no ayudaba a la narración, ni a la caracterización de los personajes, ni al tono juguetón (muy poco logrado, además) de los relatos, me hicieron lamentar tan mala literatura en una edición tan bonita, tan bien encuadernada, con dos tintas y una respetable partida del presupuesto gubernamental, pues se trataba del fondo editorial de uno de nuestros estados.
     La segunda vez me cayó de sorpresa. Así como llegué a mi estación de trabajo, ella hizo un saludo con la mano y se acercó con el libro que había estado elogiando el día anterior, una obra de teatro. Algo había dicho sobre la construcción de los personajes a través de la voz, la imagen de la maternidad y el dolor. Se habló de la protesta y el horror, el mundo sangriento del crimen y la muerte llevado al tablado; escatología de una humanidad reducida al desecho: Perlas a los cerdos, obra premiada, dentro de una trayectoria reconocida…
     El día que tomé por fin el libro, me asombré de tanta retórica y parafernalia intelectualoide puestas al servicio de una obra descuidada no sólo en la construcción de atmósferas y personajes, sino en los propios registros lingüísticos que no pasaban de los lugares comunes. Evidentemente el escritor, o desconocía las honduras de la realidad que trataba de reproducir, o no tuvo el talento para reproducirlos. Los vínculos entre los personajes madre e hija no pasaban de una serie de vocativos cursis (verosímiles pero francamente simplones) y de la angustia alrededor de un drama burdamente montado en la figura única, borrosa, poco creíble de un mal hombre que carga una problemática social mucho más violenta de lo que el pobre personaje logra hacernos ver. La Rosa de Guadalupe crea villanos más o menos de esa talla.
     De haber sido mío, el libro habría salido volando por la puerta o la ventana de mi cuarto desde la página 10 o 15.  Sin embargo, el descubrir que estaba leyéndolo tan rápido, despertó –para mi mal– el ánimo de la tolerancia. Así que me lo fumé todo. No sé cuántos versos o versículos rescataría del libro (porque además la disposición del texto sugería un lectura lírica que definitivamente no se logró), pero así hubiera ganado 10 premios, no lo habría publicado de haber estado la decisión en mi poder.
     En gustos se rompen géneros. Sí, pero también en disgustos. No conozco yo otros autores de teatro que estén en activo. Quiero pensar también que muchas veces la mente del dramaturgo puede estar más sobre el escenario que en las líneas, pero ¿no es éste el trabajo de un director escénico? El dramaturgo es un escritor, como el cuentista. Joven, el primero, maduro, el segundo y publicados ambos, me hacen pensar, no necesariamente en la decadencia, sino en el caos de nuestra literatura actual.
     –Es que entonces es lo que hay– decía mi amiga. Me niego a creerlo. La cuestión debe ir más bien por donde siempre: imagino al funcionario casi analfabeto de promoción cultural –con suerte dotado de un título universitario en un área afín a su puesto – quebrándose la cabeza al nombrar un comité serio que decida lo que ha o no ha de publicarse con el dinero público. Esto se deja ver en el hecho de que la labor crítica se reduce a las contraportadas y las introducciones de los libros ya publicados. El prejuicio del nombre o de los premios ciega las decisiones. Más de un escritor digno habrá por ahí, sin nombre ni publicaciones.
     ¿Es esta otra invectiva del escritor frustrado contra el aparato de promoción literaria del Estado? No, señor, es la rabieta del lector frustrado que reclama su tiempo y su dinero perdidos. Y conste que no va por los 65 pesos que costó el libro de cuentos, sino por la parte proporcional de los impuestos destinados a estas publicaciones que sirve apenas para que una legión de Saris Bermúdez puedan decir en cada informe que “la literatura es una ventana a la imaginación” y que nuestro gobierno siempre se ha preocupado por el fomento a las artes y el acervo cultural.
     –Ese mismo fondo publica al Bartoliano –dice mi amigo, cuyo juicio literario respeto mucho más. Reconoce que ese poeta amigo suyo ha decaído un poco, sin embargo, su obra sigue teniendo calidad: cuando hay oficio generalmente se rescata la obra, y los fallos suelen ser excepciones. Porque el escritor es autocrítico –ahora sí como escritor frustrado lo digo–  y cuida más la obra que los premios o las publicaciones.
     Y el Bartoliano será una aguja en el pajar del sistema literario nacional. No dudo que haya muchas más, pero el problema tiene tiempo y cola. Si hay otros escritores valiosos que no conozcan la publicación o las becas es por el continuo desencanto a que estos mecanismos los han llevado, sin contar que es para muy pocos el dedicarse a escribir sin más remuneración que el gusto. Algunos jóvenes recomponen su vida y dejan la escritura como hobby, paralelo a las lecturas siempre necesarias, pero la consecuencia mayor de este caos serán los necios, los que se aferraron a la pluma y no lograron figurar o lo hicieron muy tardíamente. Debe haberlos. Casos como el de Efrén Hernández, el más reciente de Max Rojas, o las colecciones de poesía de la UNAM de autores que nunca fueron del gusto de los editores de Vuelta y lo que le siguió, autores que nadie conoce pero que debieron publicarse y difundirse con más dignidad, ilustran bien que el pajar sigue llenándose de una paja que nos cuesta mucho.
     Y no es que esté en contra de las becas y los fondos editoriales del Estado, pero tanto dinero para tan malos textos me deja algunas preguntas: ¿Qué papel está jugando la Academia en todo esto? ¿Serán también los buenos críticos agujas en el pajar, o de plano prefieren trabajar para las editoriales privadas, que pagan mejor y suelen elegir con mejor tino lo que publican? ¿No hay quién haga para cada fondo editorial el papel de editor con profesionalismo? Porque los gustos son distintos, sí. Pero aún en las obras que no entendemos, los lectores logramos captar un “algo” que muchas veces no sabemos explicar y que está ahí, en las palabras y en las imágenes del texto, no en los temas, ni las intenciones y mucho menos en los nombres y las trayectorias de quienes los escriben.

lunes, 8 de junio de 2015

Un bloguero que va y viene



Cuando Montaigne empezó a escribir sus ensayos se enfrentaba a la idea desesperada de revivir en la escritura la voz amiga que había desaparecido para siempre. La muerte de La Boétie detonó una forma tan personal y desenfadada de escribir que aún hoy seguimos utilizando para ella el mal nombre de ensayo. Mal nombre porque sugiere un carácter de inacabado, de nunca definitivo, anuncio de un advenimiento que no termina por darse. Es como si la teoría literaria no pudiera concebir ni bautizar con cabalidad suficiente una forma de escribir apegada tan naturalmente a la forma de nuestros pensamientos.
     Hasta hace unos meses, este blog era casi una bitácora del camino, una correspondencia que sostenía con mi propia voz y acaso con la de un amigo. Teníamos un acuerdo tácito de lectura, comentábamos nuestras entradas brevemente y era curiosa la manera en que salían a relucir en nuestras conversaciones. Eso que revelábamos de nosotros mismos  en cada texto, era aprovechado como un bagaje adicional que nos servía al departir sobre nuestras simpatías y diferencias. Más o menos así –aunque con un nivel muy superior de conversación– imagino la correspondencia entre Montaigne y su amigo: el ensayista entrevera en sus conversaciones sus intereses sobre el mundo y comparte sus reflexiones de manera libre e informal, y una vez que el amigo está ausente, el ensayo trata de ser la continuación de esas charlas.  Me gusta pensar en un  Montaigne frustrado al leer sus textos, donde no pudo encontrar, ya no la voz amiga, sino el hilo propio de sus ideas que la naturaleza lineal del lenguaje y la escritura le obligaron a deformar.
     El caso es que hasta hace unos meses, gracias a la diligente laboriosidad de otro amigo, este blog entró en un grupo que busca difundir entre los propios escritores de blogs el trabajo de los demás. Desde entonces he escrito menos. No lo declaro como un pretexto para mi falta de dedicación que, por otra parte, tiene explicaciones menos pacatas. Sin embargo, percibo una diferencia ahora, cuando escribo y sé que más de uno podrá leer estas líneas. Entiendo que el hecho de publicar en un blog tiene esa finalidad, pero me había acostumbrado a ese público mínimo de antes, a la respuesta única de mi amigo, muy rara vez se intercalaba alguna otra. Seguramente ahora tampoco habrá respuestas, pero algo adicional me cohíbe –ahora los que me leen son también escritores –me digo.
     Me siento como en la plaza pública, comprometido a una escritura tal vez menos íntima que la anterior. Mi tendencia a escribir sobre mí mismo, como ahora lo hago, me parece menos adecuada. No me convence siquiera el argumento de que quien escribe es un yo que se proyecta como reflejo hacia otros yo que leen y pueden compartir e interiorizar mis vivencias, y por otra parte, como lo dije hace mucho, ando escaso de temas.  ¿Qué de lo que pueda decir sobre este o este otro tema le puede interesar a quien me lea? –me pregunto y dejo suspendidos los dedos sobre el teclado (si es que llega a darse el caso de que me ponga al escritorio con toda la intención de escribir para este espacio).
     Hablar es hacerse presente, es obligar a la escucha. Cuando mi amigo publicaba en su blog cada semana, me sentía obligado a hacer lo propio. Más que una competencia, era una charla en la que resulta descortés quedarse callado. Colateralmente, el número de lectores iba en aumento, como si nuestro empeño en publicar cada semana los hiciera también partícipes de esa charla. Si bien ellos no escribían para respondernos (a veces aventuraban un comentario al pie de las entradas), el aumento en las gráficas o en el número de likes podía interpretarse como un: “dado que te esfuerzas tú en escribir cada semana, me esforzaré yo en seguirte también cada semana”. Eran los tiempos dorados de este blog, pero también los tiempos dorados de la beca de maestría y de las cinco horas de clase a la semana, vanidad de vanidades…  
     Los muros de mi casa se volvieron transparentes y quiero refugiarme en las esquinas del silencio. Debo estar exagerando. Tal vez la inclusión de mi blog en este grupo haya roto un poco ese carácter de correspondencia que mantenía hasta hace tiempo con mi amigo (de todos modos las respuestas ya no eran tan constantes), pero sería saludable que esa conversación derivara ahora en un ejercicio más cuidadoso de presentación de las ideas, donde ya no sea necesariamente mi perspectiva particular la que dominara, ni el carácter anecdótico de mis reflexiones. Me gustaría ensayar temáticas nuevas, perderle el miedo a la política por una falsa percepción de literato sin compromiso, escribir sobre más asuntos, aún bajo el riesgo de salirme del lenguaje intimista. La lección de Montaigne fue, finalmente –aunque en un tiempo donde todo el mundo estaba aún por descubrirse– que la conversación se mantiene sobre cualesquier asuntos, que basta un poco de inteligencia para penetrarlos, aunque ahora nos veamos obligados a recurrir a quienes ya han entrado en ellos antes.     
     Resta preguntarse qué tan adecuada es la lección de Montaigne en estos tiempos de tedio y mundo descubierto. Me vino Bécquer a la mente: No digáis que agotado su tesoro… Escribir por gusto, ociosidad o por una vocación mal entendida es uno de los pocos ejercicios románticos que nos quedan. So¡habrá poesía! Mala o precipitada, a cuentagotas, o vacacional –como ahora–. Podrá no haber poeta pero siempre…                   (o al menos letras que la ensayen).