viernes, 15 de mayo de 2015

The Old River Blues




Junto con la quesadilla y el café de la mañana recibí la noticia de la muerte de BB King. Es un buen motivo para que las redes se llenen de clips de youtube y estados elegiacos para homenajear y lamentar esta pérdida. Las actividades diarias no me dejan mucho tiempo para escuchar música,  así  que descargué inmediatamente una antología de 50 tracks a mi teléfono. Lo escucho ahora y recuerdo, de entre las notas de la mañana, el hecho de que el músico naciera en la pobreza en una pequeña cabaña en algún pueblo de Mississippi.
     La crecida de “el Viejo” en Las palmeras salvajes extravía a los personajes en un mundo de agua que ha borrado las ciudades, el rostro de los lugares que en otras narraciones de Faulkner aparecen agrestes y polvorosas. Recuerdo este río omnipresente en el viaje del esclavo Jim junto con Tom y Huckleberry sobre una balsa hacia el Norte. La nota sobre BBKing relata también de su mudanza a Memphis en los años cuarenta, “el medio camino perfecto entre Mississippi y Chicago, entre lo rural y lo urbano, entre el Génesis y el Nuevo Testamento del blues” –dice el periodista.
     Cuando suena Backwater Blues en mi reproductor una oleada lleva, en la novela de Faulkner, al penado alto hacia un sitio a donde no quiere ir; rema contra la corriente de un río salido de madre, como la guitarra de BB King que viaja al Norte para detonar el rock y toda una época de música que no se cierra hoy con su muerte, pero que –como la fuerza de la corriente– nos recuerda cuán a la deriva estamos quienes seguimos rodeados por el oleaje. ¡Qué presencia tiene el Mississippi en la música de BB King!
     Dice Fernando Navarro, el periodista por quien me enteré esta mañana del deceso: “mezclaba el sonido rural del campo con la vitalidad eléctrica de la ciudad”. Me gusta esa descripción de pocas palabras que sirven para imaginar también la vida del músico, agachado, primero, entre los algodonales para viajar después en camiones al lado de animales y cargas industriales rumbo de las pequeñas ciudades o a la también faulkneriana Memphis, empuñando la Gibson en las tardes nubladas, rodeado de hombres sudorosos y los fines de semana en bares pueblerinos o en los barrios apartados de ciudades pequeñas, soñando ya con la apoteosis de Chicago, tal vez desconocida aún para él.
     De ser el camino de negros como Jim, en busca de llamado mundo libre, el Mississippi se ha vuelto un compañero del trayecto recorrido tantas veces por necesidades impostergables: la de los esclavos sureños a la libertad, la del jazz de Nueva Orléans a Chicago, la de BBKing hacia la misma ciudad, la de William Faulkner a los grandes públicos. El Viejo es una vena que lleva todo lo bueno del sur a los reflectores cosmopolitas de las ciudades norteñas.
     Uno de mis primeros plagios, cuando niño, lo cometí luego de leer Huckleberry Finn: escribí una especie de bitácora de navegación en la que mis personajes daban cuenta de las peripecias de su viaje al Labrador a través de los Grandes Lagos norteamericanos. Me valí de mi globo terráqueo, de mi capacidad de imitación, de la emoción provocada por la lectura reciente, de las interminables tardes infantiles. Yo no sé en qué pararían esos apuntes, mi madre dice haberlos recogido, pero yo los veo tan lejanos como los años en que se escribieron. El cuaderno se fue, pero quedó mi fascinación por el río, mis ganas de cruzar un país a flote en una balsa y bajar en los poblados de la rivera a robar alimentos; el hechizo del nombre Mississippi que bobamente trasponíamos en M’hici pipí y convertíamos en un cuerpo kilométrico de orines sobre los que nadie querría navegar.
     Hace un par de años Jimmy Johnson se presentó en un parque de Polanco, en un festival de blues. Johnson solía reparar autos antes de darse cuenta de su tardío talento para la música. Si bien no tuve nunca el privilegio de ver a BB King en vivo, puedo afirmar en Johnson la descendencia melódica de una raza con una historia que cuentan sus guitarras, un dolor que sus gargantas quieren ocultar inútilmente; dolor de cocheras bajo el sol de Louisiana, de manos picadas por el algodón y el óxido de los motores que conducen blancos puritanos en el falso santuario que Faulkner retrata tan vivamente.
     Escuchar a BB King sabiéndolo muerto es una forma de volver a presenciar su marginalidad. El margen más verdadero que hemos de cruzar para emprender el viaje al Norte, donde moran los que se han adelantado en el camino de la eternidad, que no es de todos. Ahí van, al pairo, sobre la balsa y sin espera de juicio ni la maldita necesidad de bajar por alimentos ni gallinas. El Viejo sigue sumando años y kilómetros, desgasta la vieja Memphis con su cauce, la ver vaciarse de gente y apagar sus luces, las calles resquebrajadas que levantan polvo. Su soledad es la nuestra, ese mal regalo que Twain, Faulkner o King nos dejan junto con sus obras deslumbrantes. Esclavos de la mortalidad, algún día nos será forzoso botar la balsa mientras alguien cierra nuestros ojos.