miércoles, 22 de febrero de 2017

La ingrata autocensura



Es de niños hacer tonterías. Esconderle el bastón a la abuela o corretear entre varios al gordito de la cuadra hasta que ruede y se raspe las rodillas son actos de los que nuestra consciencia –cuando la tenemos– puede pedirnos cuentas. Escribir una canción, tocarla, hacerla pública y emblemática para después arrepentirnos de ella es algo bastante diferente.
     Si la canción dijo “tendré que obsequiarte un par de balazos pa’ que te duela” eso quedó dicho para siempre, porque no sólo hay un álbum sino una memoria colectiva que se ha apropiado esas palabras. Y qué mejor si el tono paródico con que fueron dichas, si la polkización del rasgueo norteño, que también parodia, se conservan. Es ingrato arrepentirse de lo que tan gratamente nos ha pagado en fans y regalías, pero más ingrato es no dimensionar con justeza nuestros actos.
     “Éramos bien jóvenes cuando se compuso y no estábamos sensibilizados con esa problemática como ahora todos sí lo estamos”. –afirma el vocalista. El tecladista, por otra parte, reconoce su sentido humorístico: “La inspiración tiene que ver con los corridos norteños, cuyas letras muchas veces narran historias que no tienen sentido del humor. Si genera una lectura incorrecta es algo que está más allá de la intención que tenía en su momento”. Si la canción apuntó alguna vez contra el machismo y la violencia de la música norteña, el acierto estaba ahí. Hay –o había desde aquel entonces– que hacer notar esa música de machos despechados y violentos, levantarse contra esos ritmos monótonos de rancho y usar el rock, un rock original, mexicanísimo, como una herramienta de crítica hacia un sector de nuestra propia cultura. Café Tacvba siempre lo ha sabido hacer muy bien. Por eso me sorprendió saber que la “sensibilización” viniera de la mano con la autocensura.
     Además, seamos sinceros, cada que hacíamos sonar la Ingrata, ¿quién escuchaba la letra? Todos nos la sabemos, desde luego, pero cuando las canciones son así de perfectas la letra y la música son indisolubles: la coreamos mientras damos zapatazos y nos enganchamos por los codos. La canción ya es nuestra, Rubén, lo sentimos.
     ¡Qué bien que la sensibilidad hacia lo social nos lleve sobre nuestros propios pasos! ¿Pero no teníamos claro que temas como éstos eran nuestra principal herramienta de combate? ¿No sabíamos que al tocar “La Ingrata” hacíamos ver ridículos a tantos botudos empistolados golpeadores de mujeres? Parte de la riqueza del arte está en su polisemia y es natural que sus lecturas cambien. ¿Es tan tonto el público que mejor hay que ocultarle las realidades? En los corridos del Norte se siguen matando tantos hombres y mujeres como en la realidad, y en vez de parodia hay exaltación; la épica de Bandamax promueve modelos de conducta que, por desgracia, llegan a más personas que el tema más emblemático de Café Tacvba. Las televisoras y los Komanders como sin nada.
     Cuando el gobierno de Sinaloa prohibió los narco-corridos después de la balacera fue como si la Sociedad de Padres de Familia de una escuela católica se hubiera reunido a proteger a sus muchachitos de las malas palabras de los niños de la escuela de gobierno de enfrente. No sé cuántas balaceras se hayan evitado en Sinaloa desde la prohibición, pero la medida no pierde sus aires de Franquismo o de policía argentina de Moralidad en tiempos de Onganía. ¿Por qué había de hacer lo mismo un grupo de artistas conscientes y, peor aún, en detrimento de sus propias obras?
     Repaso los comentarios en las redes sociales: cuánta gente aplaude la decisión, cuánta gente de supuesta izquierda, además. Después de haber escrito contra el término chairo, que tanto me irrita, me pongo a pensar en lo fáciles que somos de convencer con cualquier discurso que huela a eso que creemos ser nuestras convicciones. ¿No le pensamos un momentito? ¿Alguno de los que aplaudió repasó la letra y pensó un poco en la lectura que podía dársele a la canción, en su vigencia? ¿Es tan ingrata la vida que no podemos divertirnos con una parodia y tenemos que ponernos solemnes? ¿De verdad es mejor el silencio?
    Un par de balazos ha obsequiado la “corrección política” a la fuerza creativa de los jóvenes que deciden dejan de serlo para no correr el riesgo de los malos entendidos.

2 comentarios:

  1. Demasiada sobrecorrección, demasiados golpes de pecho.
    No se debería juzgar el arte con los valores de otros tiempos.
    Y eso de autocensurarse, como creador, nunca es bueno.

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  2. En la historia, cuántos novelistas no se han arrepentido de alguna de sus obras o han intentado desaparecerlas. Desafortunadamente -para ellos-, como dices, ya no son sus obras, así que la autocensura -en este caso- es un esfuerzo inútil al tratar de hacer coherente el pasado con el presente, lo que hemos sido, con lo que somos ahora. Un absurdo: sólo se es joven una vez, del error -si es que lo hay-, del riesgo, de la experimentación, de vivir se aprende.Nadie se baña dos veces en el mismo río, para qué querer secar un río que ya sólo existe en la memoria. Lo que un día fue no será, dice el príncipe de la canción, y detalles de la vida, como tú mismo muy bien señalas Patidifuso, al ser una obra artística ésta pasa el subconsciente de toda una generación; y el arte siempre encuentra la manera de evitar la censura. No creo que se arrepientan por haber escrito la canción, simplemente quieren poner su granito de arena -sin saber cómo realmente- para ayudar en la lucha contra los feminicidios. Y lo mas fácil es la negación tangible -más de puertas afuera que hacia dentro, para que la sociedad, las buenas consciencias la vean-, de una canción. Ya me alargué, me gustó tu entrada, por eso el comentario tan entrada que te dejo. Abrazos.

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