viernes, 3 de febrero de 2012

Dafne o la actualidad del laurel



Resulta asombrosa la vigencia y universalidad `e los clásicos, principalmente de los mitos en pleno siglo XXI. En el subterráneo, un día cualquiera de 2012, tomo mi asiento en el último vagón y veo frente a mí un hombre maduro, cincuentón, pinta de abogado -de esos que no son dueños del despacho pero han dejado atrás los años de tinterillo- con una voluminosa "Rebelión de Atlas" que parece leer con un interés que no me arriesgaría mucho en llamar pasión. Al lado suyo, un joven leía más o menos con la misma avidez un tal "Sabath del Lobo" -quiero suponer que eran cuentos de terror o alguna novela de hombros lobo y pésima calidad literaria; sólo fue cuestión de deslizar la mirada del título a la ilustración de la portada, como solemos hacerlo de la sonrisa hacia el escote, para descubrir el "Saturno devorando a sus hijos" de Goya. ¡Dos referencias en menos de un metro cuadrado a más de dos mil años de distancia!
    Siempre habrá detractores para nuestras afirmaciones. Supongamos que A, un típico esnob intelectualoide, dice que estos lectores tal vez no tengan idea de lo que representa o la importancia de la tradición cultural que hay detrás del producto que compran, pues finalmente, bajo la lógica del "compro luego existo", el libro es tan sólo un producto y el mito se vacía de significado. Aunque me parece un razonamiento bastante elaborado para un personaje como A, no quisiera desacreditar tanta perspicacia y podría hacerle una concesión. El problema de A, sin embargo, es que no conoce a Dafne, a mi Dafne.
     La juventud y la docencia llevan consigo el entrañable deseo de tener entre las filas alguna ninfa que, de puro inalcanzable, se enraíce en el terreno firme de nuestra predilección: puede dormir, descubrir en el espejo una casi impercetible imperfección, sonreír, cruzar la pierna y hacer mohínes de fastidio a media lección; nada importa mientras su mitológica belleza nos haga más llevadera la dura vida del aula. Dafne sabe bien su historia: Atlas y Apolos la persiguen entre los pasillos, y su tierna susceptibilidad, el eco de su risa, reverdecen los incoloros muros del salón, del piso, de la escuela toda...
     Un observador como A tal vez no pueda ver que entre el huir de Dafne y "La rebelión de Atlas" hay un hilo de poesía que nos envuelve el mundo con un tapiz perenne y milenario, pues está ocupado en "señalar la evidente occidentalización del mundo impuesta desde la superestructura central de una cultura expansiva que, aparentando decaer, retoma la tradición cultural que no es más que una forma digerible de legitimar su poder con un discurso provocador"...
     Yo sé muy poco de esas cosas, pero mientras Dafne siga siendo inalcanzable y deje un halo de laurel a su paso; mientras cada mañana volvamos a echarnos nuestro pequeño mundo a las espaldas y no haya Hércules que nos releve; mientras Saturno gire inexorable al paso de las manecillas que nos van devorando a cada vuelta, los clásicos seguirán entre nosotros. Por mi parte, no evitaré sonreír cada vez que tipos como A, a punto de llegar a la cima de la verdad con la piedra de su propia pesadez a cuestas, griten al verla rodar cuesta abajo y tengan que emprender de nuevo el descenso a los abismos de la incomprensión.    


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