viernes, 4 de mayo de 2012

Saudade da Pena


La costumbre de escribir a máquina hace ver extraño el tomar la pluma nuevamente y enfrentar al papel. Así vemos al papel desde lo alto, como a un paisaje desierto en el que irán germinando las palabras. Desde esta altura, la escritura se nos presenta como un balcón desde el que se domina el mundo, con el ansia y la seguridad de poder abarcarlo todo.
Estoy en Portugal, en la Torre Real del Castillo de los Moros, en Sintra; entre las almenas y los gritos en portugués de los restauradores y arqueólogos miro en la cima de una montaña contigua  el  Palacio de Pena con sus murallas rosadas y su torre amarilla, con su cúpula que corona azul las colinas y el bosque lusitano. Pequeñas salpicadas blancas y tejados bermejos se esparcen entre la espesura. Desde aquí dan ganas de ser rey y navegante. El Tajo y la ribera de Cascais rodean la tierra y expanden sus límites con un ansia de agua infinita. Anunciando el festejo del 25 de abril (es la víspera) dos jets pasan sobre las torres del palacio dejando sus estelas blancas sobre el azulejo del cielo.
Pese a los murmullos y el colorido abanico de los rostros de todo tipo de turistas, estoy solo, en una soledad de rey viejo que gobierna el caótico paisaje con solo sus palabras. Ante un paisaje así ¿vale más rendirse o afirmarse en lo que uno es? , pues tenemos el mundo a los pies, el dominio absoluto del panorama, como cuando se mira en un mapa el camino que ha de tomarse, todo luce claro, desde la altura podemos ver la continuación de todos los caminos y decidir con mayor seguridad. Por eso los reyes necesitan palacios en lo alto, los profetas se yerguen sobre las peñas y los poetas sobre las nubes.
A ras de tierra todo se nos agiganta y cada paso es una incertidumbre; temblamos ante los caminos que se dividen o ante obstáculos fútiles, perdemos la distancia ante las cosas y empezamos a necesitar de las brújulas. Podría convenirnos guardar alguna memoria de cuando fuimos reyes, profetas, poetas y mirarlo todo desde esa altura: tres balcones distintos para encontrar nuestro verdadero camino.
Por su parte, el enamorado, el fanático y el suicida también ven el camino claro, pero es un camino único e irrevocable que no conduce más que a un destino, además su itinerario es breve: requiere de pocos pero decididos pasos para realizarse, y ven cada uno el paisaje a conveniencia:
El enamorado puede ver en este balcón la perfecta tarde de amores: no habrá beso que supere al dado en estas alturas, en esta proximidad del cielo, como una posesión entre ángeles con el beneplácito del ser supremo.
Para el fanático la experiencia es similar: llegar a la altura y ver por un breve instante, que paradójicamente equivale a la eternidad, ese momento de gloria, la promesa cumplida y el Verbo, la Palabra vueltos carne y materia tangible. Es la participación de la divinidad como fruto de todos los sacrificios hechos en vida.
Para el suicida este lugar tiene el encanto de ofrecer la muerte inmediata; una muerte heroica, además: caer desde una almena como un guerrero enardecido, desde lo más alto, desde la sublimación de una vida que, más que por desesperación, se ofrece como sacrificio a los hombres, al universo. Una caída larga y excitante, llena de certeza de la muerte sublimada entre la excelsitud del bosque y la mirada milenaria de las murallas.
La encrucijada principal que se vislumbra desde las alturas termina bifurcada en un dilema ético y personal que aborrezco, pero que la lógica de la reflexión y la misma distancia respecto a la tierra me hacen divisar claramente: los caminos se dividen siempre según el modo en que los miremos y transitemos. La actitud puede ser de poeta, profeta o soberano, o bien, de enamorado, fanático o suicida: claridad u obnubilación, amor o desenfreno, gobierno o muerte. Son las sendas que nuestra actitud transforma o vuelve transitables.
Vuelvo a mirar el Palacio, es hora de partir. Quizá los transitables caminos del futuro vuelvan a traerme por aquí, y si no, el solo haber vivido y transformado esta vivencia en escritura quedará como testimonio, como invitación, o tal vez como un intento más de entender la saudade sin ser portugués.

1 comentario:

  1. El texto me llevó a la Torre Real del Castillo de Moros y me dio envidia, la altura sobre todo y la hoja y la pluma, aunque no sabría qué hacer con la hoja y con la pluma -tan acostumbrado a la computadora; con la altura sería otra cosa, aunque es bueno saber de antemano qué opciones tendría, pero ni poeta ni suicida, eso seguro.

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