viernes, 11 de mayo de 2012

Un agujero en la alhambrada



Lo alcanzable: una pieza de Dizzie Gellispie interpretada por dos guitarristas forasteros, la mejor vista de la Alhambra a la puesta del sol, con una bandera portuguesa ondeando en lo alto de la torre que asoma a la ciudad. Es 25 de abril. Tal vez en una muestra de fraternidad, los españoles han colocado este pendón como un clavel que emerge entre la arena. Alcanzables también las decenas de turistas que se toman fotografías y abren sus ojos y bocas en oes unánimes.
Lo inalcanzable: la intocada blancura de Sierra Nevada, las nubes grises que la tornasolan, haciéndola ver rosada como un sueño irrepetible, las lejanas turbinas en las montañas de Algeciras y el vuelo de los vencejos.
Nunca he tocado la nieve. No sé lo que será caminar entra la blancura inviolada y profanarla; no sé si mis plantas serían dignas de algo así: acceder a las nieves eternas no ha de ser menos que acceder a la eternidad misma.
Lucen también inalcanzables las chicas granadinas que golpean el aire con sus palabras, las turistas europeas que tensan la atmósfera con su ofensiva belleza de cabellos rubios y piernas largas; incluso las calles de la ciudad parecen sólo alcanzables mediante el vuelo o el salto mortal. Aunque mis pies se plantan sobre estos empedrados, aunque escucho sus hostias hiriendo mis oídos y mis hombros vibran con el zumbido de sus lenguas inextricables, mi mirada no deja de posarse en lo inalcanzable. Podrá decirse que soy un soñador, un inspirado, un cursi –yo  mismo lo he pensado algunas veces– que no sé vivir la vida desde la altura justa, al ras de mis verdaderas dimensiones, que siempre estoy en las nubes. Pero esto ya se ha dicho tantas veces: ¿qué sería de la vida sin las nubes y sin las cimas y sin los atardeceres en el mirador de San Nicolás?
Sitios como éstos, los miradores, son puntos de unión. Para el turista bastará con tomar una buena muestra fotográfica: aparecer en cuadro con todos sus felices acompañantes y el paisaje al fondo, un pasaje más para la colección de cromos de la vida en tránsito, la vida ligada a la vida, pisar todos los sitios posibles de la Tierra, vivir de prisa e irse pronto, porque faltan más lugares por tocar. Pero en los miradores lo inalcanzable nos engaña con una accesibilidad y una tangibilidad que va más allá del “take a picture, right here” porque puede sentirse la absorción de su infinitud, no en los poros ni en los átomos mismos de la carne, sino en la esencia más profunda de lo que somos, lo inalcanzable dentro de nosotros mismos, tal vez las “medulas” que decía Quevedo, quien viene mucho a cuento en plena España, en la cumbre granadina, en el terreno y pisotado mirador de San Nicolás.
Los turistas pasan, se retratan y bajan lentamente las escalinatas profiriendo quejas sobre el camino y limitando sus palabras a “belleza”, “preciosidad”, “lovely”… Los entiendo: el vocabulario, los recursos del hombre para establecer contacto con lo inalcanzable son insuficientes, ridículos tal vez; hace falta paciencia, permanecer hasta que el sol acabe de caer y la noche nos cubra junto con el paisaje para obtener la integridad del momento único y hacernos partícipes de él; intentarlo al menos lo alcanzable de las experiencias inalcanzables.
Comienzan a despertar los faroles en Granada, los bares comienzan a llenarse de gente, de choques de cañas, de sonrisas y afables camareros; el camino de vuelta se alumbra para mí. Es mi última noche en España, los torreones de la Alhambra también se iluminan como en adiós secreto, la nevada sierra guiña su gran único ojo a la noche andaluza que me ha arropado por completo. Pronto volveré a perderme en el cálido hervidero de cálidas gentes del Anáhuac.        

1 comentario:

  1. Tienes un problema con las alturas y el infinito, quizá un complejo de superioridad o inferioridad -dependieno el cristal con que se mire o el mirador o el alcázar -siempre desde las alturas, ¿qué tendrán?; Aunque entiendo, pero sobre todo, imagino las piernas largas y las mujeres rubias.
    "Nunca he tocado la nieve. No sé lo que será caminar entra la blancura inviolada y profanarla; no sé si mis plantas serían dignas de algo así" Me recordó el inicio de Cien años de soledad, las primeras páginas quizá, no recuerdo con exactitud dónde está la parte de la nieve. ¿Qué tendrá la nieve?, ¿eternidad? Si es así, al menos pudiste verla, fue como dices: tangible y también para el lector lo fue. Uno siente que es accesible y posible poseer la Sierra nevada, al menos por medio del cristal de tus palabras. Buena crónica.

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