viernes, 12 de abril de 2013

O sea, ¿no conoces Europa, gooey?



Coincido con quienes insisten en la importancia de viajar. Es necesario aprender de otras formas de vida, otras maneras de sobrellevarla día a día en las muy diversas circunstancias en que se desarrolla en cada región y cultura. Es importante aprender de otras maneras en que el hombre interactúa con su medio, y la manera como lo interpreta. Durante siglos, el libro de viajes fue el vehículo que permitía al hombre transportarse a regiones del mundo que podían parecerle impensables, por ello el éxito memorable de Il milione de Marco Polo en la Edad Media, el de la Peregrinação de Fernan Mendes Pinto o la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Díaz del Castillo, en el Renacimiento, o los viajes de Humboldt hacia el siglo XVIII. Dice el especialista en literatura de viajes[1] que el relato de la maravillosa experiencia de viajar fue agotándose conforme las facilidades para viajar se fueron democratizando, para derivar después en una muy lógica banalización de la experiencia.
      Con los aviones, con los cruceros, con los rápidos automóviles y las carreteras, las distancias se recortaron y lo mismo ocurrió con los tiempos. Las barreras físicas fueron franqueadas por la bendita tecnología y el bendito progreso, pero nacieron nuevas. El turismo ha vuelto la experiencia de viajar un vehículo más de ostentación; por eso al mexicano acomplejado, al que se siente tercermundista y apocado le es necesario viajar, ¡y ahí va! París, Londres y Nueva York son destinos indispensables – ¡O sea, no te puedes morir sin pisar la Gran Manzana, gooey! Amsterdam, Berlin, Praga, Florencia, Roma… se suman nombres de ciudades europeas que concentran lo más granado de la cultura occidental en sus museos, y sus calles que sin duda son una belleza. Las cámaras digitales pueden captar miles de imágenes y llenar discos duros enteros de fotografías, ciudades y destinos. Hay que salir bien peinados, vestidos y maquillados para estar a tono con el paisaje, para tener un recuerdo bello.
       Las fotografías se acumulan, y su cantidad ingente va formando la masa del olvido. Llegan nuevos viajes y se apilan sobre los anteriores. Siempre serán un tema excelente para la plática de viernes en el Starbuck’s. Una vez pasada la plática es necesario viajar más. El turismo, nacido de la voracidad del mercado, vuelve el viajar un codiciado hábito de consumo. Hay tantos turistas que se vuelve necesario destruir las playas, los manglares, los arrecifes para albergarlos con la calidad que merecen, hacerlos sentir como en casa. ¿No era precisamente esa sensación de extrañamiento, de aventura, de incertidumbre lo que volvía interesantes los viajes hace un par de siglos? ¿Por qué entonces hacer sentir como en casa al turista?
      El mexicano que viaja a Europa, a Norteamérica, parece ir en busca de lo que no puede encontrar aquí: bienestar económico (en los barrios turísticos, por supuesto), ciudades limpias y organizadas, el ejemplo de un mundo industrializado, higiénico; la utopía de la modernidad materializada. Sus gustos banales se ven satisfechos. Habla inglés, come en restaurantes caros, gasta dólares, compra cosas bonitas; en realidad está huyendo de sus frustraciones. ¿Qué experiencia humana puede salir de un viaje así? ¿Qué conocimiento del mundo? Mis dos semanas de experiencia en ciudades europeas me hicieron darme cuenta de que en realidad no cambia nada, sólo la tecnología y un poco el orden o la limpieza de las calles. La gente tiene metida la misma mierda en la cabeza, las mismas aspiraciones que uno, los mismos problemas, las mismas occidentales aspiraciones. Si en Granada pagué 1.5 euros por tomar un camión que tardó cuarenta minutos en llevarme a un destino que estaba a ocho kilómetros prefiero pagar los tres pesos mexicanos de la micro o la Ecobici, en todo caso. Vale la pena asomarse a los museos, eso sí, porque las piezas artísticas son únicas, y Sevilla no es la misma desde la orilla del Guadalquivir que desde el campanario de la Giralda.
       Pero viajar por presumir es absurdo, viajar por consumir lo es más. Prefiero muchas veces el desayuno rústico que me ofrece el maya-lacandón en Bonampak, sus carreteras desechas, sus casas de palma repletas de mosquitos, que la charla sobre los hijos de una granadina ignorante en un vehículo moderno. Y no fue mala mi experiencia en Europa, lo garantizo. Sólo creo que no es necesario ir tan lejos para decir que se ha viajado y conocido el mundo. A veces está más cerca de lo que pensamos y podemos conocerlo en una gran variedad de aspectos más allá de las fotos del recuerdo. Prefiero recordar rostros, nombres, veladas, miedos, aventuras que mostrar la cámara a mis contertulios y esperar sus “¡Qué bonito! ¡Está padrísimo!”
       Sin duda he viajado demasiado poco como para sentirme autoridad en el tema. Pero una experiencia como viajar ha de aportarnos cosas dignas de ser relatadas por lo hondo de la vivencia personal que los sitios y personas que la conforman nos brindan, no por el sólo brillo de las fotografías, no sólo por decir “estuve ahí” o preguntar en un café “¿nunca has ido a Europa, gooey?” El que sabe buscar encuentra un viaje en su ciudad, en su estado y lo recuerda para siempre. Alguna vez leí una nota sobre García Márquez, donde decía que la más bella melodía que recordaba (y el señor sabe de música) la había escuchado en voz de una niña guaraní, en su propio país. No es necesario ir lejos cuando se tiene la sensibilidad, el ánimo de ser transportado.


[1] Fernando Cristóvão. “Para uma teoria da literatura de viagens”.

2 comentarios:

  1. Lo peor es que el pasaje ya cuesta 5 pesos, no más viajes por la ciudad =(

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  2. Puts!, ¿y las fotos goey? Tu entrada no sólo ilustra sobre lo importante y denuncia lo que se hace en la mayoría de los viajes, también es un consuelo para aquel que no tiene un quinto, léase Vago, para dar la vueltecita al mundo. AUnque de igual modo, incrementa las ganas de tomar la maleta y salir hacia ninguna parte.

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