martes, 16 de septiembre de 2014

La vanidad era esto



Desde la niñez he practicado deportes: futbol americano, natación, basquet, karate, un poco de pesas; ahora, junto con la carrera, uso la bicicleta como transporte y calculo que ruedo más de cien kilómetros a la semana. Mi cuerpo está habituado al movimiento, al esfuerzo. Aunque el sudor me desagrada, he aprendido a verlo como una cuota necesaria. Podrá decirse que mientras no pierda el hábito todo estará bien, que es casi como comprar un seguro de vida.  
    Sin embargo, en los últimos meses me he descubierto preocupaciones que antes no tenía. El esfuerzo y la preparación para completar pruebas como el maratón son importantes: hay que comer bien, hay que seguir un programa de entrenamiento, hay que cuidarse de las lesiones. De pronto hay en casa más revistas sobre deportes de las que nunca tuve, me descubro leyéndolas, investigando en internet, preguntándome qué será lo mejor para rendir más.
     Pero la idea de “rendir más” me angustia. Me preocupa descansar bien, alimentarme adecuadamente para cumplir con el entrenamiento. Tristemente, con las preocupaciones comienzo a sospechar de la obsesión, del régimen. Más aún, me inquieta pensar que mi energía ya no es inagotable, que debo cuidar minuciosamente mis reservas para cumplir doblemente con el esfuerzo del entrenamiento y el deber, el trabajo. Hay noches en que, al acostarme, siento en las piernas no el dolor gustoso y agudo de quien ha entrenado duro y espera recompensa, sino la molestia desvanecedora del agotamiento, del cansancio. No por ello pierdo el gusto que al correr, al pedalear, percibo en el golpe del aire o en la consciencia de mis fuerzas que aumentan o se mantienen. Lo difícil es levantarse cada mañana y entrenar, bajar la bicicleta por la escalera del departamento al salir o subirla al volver, sentir que el cansancio se acumula.
     Ni el ciclismo ni la carrera son deportes que moldeen el cuerpo de un hombre musculoso, un torso ancho y temible. Siento el poder de mis piernas y mi abdomen pero encuentro en el espejo una figura cada vez más delgada, consumida; aunque luce saludable, ha perdido volumen, significación, presencia. Esta confrontación con la imagen me lleva a preguntar si me he esforzado por desaparecer, por volverme invisible, comienzo a dudar si la carrera es una especie de fuga, un exilio autoimpuesto, partida a un lugar adonde nadie pueda alcanzarme. Entonces la idea me parece demasiado terrible y la evado pensando en la falta de proteínas, en ejercicios alternativos para ganar la masa muscular que devuelva al espejo los retazos mutilados de mi imagen pasada.
     Siempre he creído que los mejores libros nos llegan en momentos donde cobran mayor significado para nosotros mismos. Por ello la vuelta al pasaje en que Iván Ilich se adentra en la naturaleza de su malestar y entiende que el verdadero problema no está entre el riñón flotante o el intestino ciego, sino entre la vida y la muerte. La misma lógica podría aplicar al dilema entre las proteínas y las pesas, el complejo B y mi regreso a las albercas. Entonces temo haber corrido para esconderme de la caducidad, porque recorrer distancia es recorrer la vida, el tiempo; el golpe de cada zancada es una afirmación de que los pies pisan la tierra y pesan sobre ella. Pero en un sentido quevediano –o barroco si se prefiere– la distancia al destino se acorta con cada paso. Nos comemos el camino pero él nos devora a su vez.
     Como hay pocos personajes literarios en los que no podamos vernos reflejados, vuelvo la memoria atrás y me encuentro con Elena Rincón, la protagonista de La soledad era esto, que a raíz de la muerte de su madre empieza a tratar de entender su propia vida bajo la atmósfera siempre sospechosa del bienestar y las comodidades. Las novelas nos insertan en un mundo tan complejo que sería grosero resumir en unas líneas, por ello me concentro en ese proceso particular de Elena una vez que decide encontrarse en los significados anteriores de su existencia para encontrar un sentido a su orfandad, a su idea casi indolente de la muerte. Para emprender la busca, Elena ha renunciado a todo: a su marido, a la comodidad del dinero, a lo que queda de su familia. Poco a poco tejerá la red de significados que la acercan a su madre, a sí misma y a su hija en una serie de reflejos recíprocos de una existencia emparentada que parecía articularse en el vacío. Desde la perspectiva de ese gran teatro del mundo que es la sociedad, Elena se ha destruido, se ha encerrado en una soledad enfermiza que ha de traerle las peores consecuencias; sin embargo ella sabe que no es así, que ha necesitado escapar de esa simulación para construir su existencia.
     Lo pertinente del caso –para quien empieza a preguntarse qué relación tiene la novela de Millás con mis preocupaciones corporalesradica en el descubrimiento que Elena lleva a cabo sobre su propio cuerpo: el cansancio, el estímulo muscular del baño, el mirar a los jóvenes correr en un parque que se divisa desde el hotel donde se aloja antes de la mudanza definitiva, la idea de un corte distinto de cabello… constituyen un horizonte nuevo: “El futuro es un bulto que ha empezado a crecer en alguna parte de mí y al que alimentaré como a un hijo”. Estas palabras de Elena –pensadas, porque en la soledad sólo podrían ser dichas cuando hay signos de esquizofrenia muestran lo necesario que puede ser el cuerpo cuando descubrimos la maravilla de su funcionamiento. La visión de Juan José Millás es crítica y optimista a la vez: el individuo se reconstruye a través del alejamiento; el autoexilio es una ruptura con el mundo automáticamente experimentado, reproducido una y otra vez en el escenario social. Una vez reconfigurados sus gestos en los informes de un detective que ella contrató para que le diera cuenta de sus propios actos desde un punto de vista exterior, Elena repara en su presencia física y decide que es necesario renovarla también.
     Es hora de dejar a Elena Rincón, en el suyo. Por hábito, educación o afición, he hecho deporte desde la niñez, pero es apenas, en este momento crítico de mi vida, cuando percibo que mi cuerpo se cansa, que ya no es lo mismo, que es preciso comenzar a cuidarlo. Si hace unos años emprendí la carrera contra los recuerdos dolorosos de la primera juventud y me exilié en este departamento, en los recorridos kilométricos de cada día, esta nueva consciencia de mi cuerpo dolorosa en cuanto pone el dedo en la llaga de su caducidad, pero consoladora en tanto me recuerda que he avanzado o he crecido podría ser el inicio de una carrera nueva en contrasentido de la muerte.
     ¡Hasta qué punto son curativos ya no los libros sino su solo recuerdo! Comencé el texto pensando en reprocharme el dedicar demasiado tiempo al deporte cuando podría dedicarlo a la lectura o a escribir, a trabajar para alcanzar lo que la sociedad espera de mí, como si el cultivo del cuerpo necesariamente me volviera estúpido. Pero qué triste sería vivir así, sin la afirmación de la materia que sufre dolores y placeres, que puede disfrutar una golosina sin pensar vanidosamente en la gordura. Un escrito que llevaba camino de centrarse en la caducidad del cuerpo vuelve la vista hacia el goce que tal vez haya en cuidar ese vehículo de afirmación con lo vivo, para que no se eche a perder tan pronto. Aunque el itinerario de lecturas es siempre variable, quizá deba moverlo un poco y, por cada dos o tres Onetti o Tolstoi, intercalar un Juan José Millás, para salir a correr, a nadar cada mañana sin remordimiento en esta lucha –inútil quizá, mas lucha al fin– contra lo inevitable.

1 comentario:

  1. Ciertamente tu texto no me hizo querer correr en vez de caminar a mi ritmo lento la ciudad, pero sí me hizo temer ante la decadencia de mi cuerpo, ante el acabamiento de mi juventud. Tengo quie cuidarme y dejar de leer un poco y moverme más. Pero cómo hacerlo si hablas de Millás y no puedo evitar sacar un nuevo libro de él y empezar a hojearlo.

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