jueves, 5 de marzo de 2015

Muescas, cascaritas y ruedas



Cuando era niño tenía unos palitos de madera con muescas que servían para hacer estructuras. Había que cruzarlos bien, perpendicularmente, para que encajaran unas muescas en las otras y la construcción se mantuviera sólida.  Pero una vez dominada la técnica, las formas resultaban aburridas, pues poco se podía hacer que no fueran cajas o corrales de tres muros con una que otra ventana. Si la estructura no me gustaba, la deshacía a patadas. Entonces oía la risa de mi madre cuando el estallido de los palitos llegaba de mi cuarto a la cocina, donde ella, incansable, fregaba o cocinaba. Era uno de mis muchos juegos solitarios, que sólo tenían sentido cuando había una historia que requiriera de ese espacio rígido y cuadrangular.
     Tenía también una colección de luchadores de plástico y algunos playmobil  de brazos giratorios, soldaditos que se mantenían en posición; caballitos, ovejas y perros; camiones de escuela, patrullas y coches deportivos de fricción que cuando se encarreraban demasiado destruían los muros de palo. Podía pasar tardes enteras imaginando historias y diseñando ciudades hasta que el timbre sonaba y me llamaban los vecinos a jugar la cascarita. Odiaba que pasara eso: el mundo ya no era sólo mío ni funcionaba bajo mi lógica. Pero a mis padres no les gustaba mi encierro y me presionaban para salir. Así descubrí los encantos del aire libre y de las bicicletas, porque también la calle era un pequeño mundo que soñábamos entre todos, construyendo, si no con palitos, sí con árboles que eran casas y horquetas que eran sofás; bicicletas que acortaban las distancias entre una ciudad y la otra que estaba al torcer la esquina, donde otro gran árbol nos acogía. Las tardes eran interminables, las historias también.   
     Hace varios días que no he escrito una línea, ni una sola. Quienes me conocen han de sospechar que soy poco más que un quejoso, un procastinador o un indolente. Tienen razón, pero debo aceptar que no doy más, mis límites son tan estrechos como los de cualquiera. El mundo lo tengo tan asimilado como los aburridos corrales de madera que construí en la niñez, y me gustaría agarrarlo a patadas y desbaratarlo. Nada más porque sí, o porque no me gusta su cuadratura y reconozco no tener las fuerzas ni la imaginación para curvearlo. Me cansa hablar de mí mismo y por ahora no me habita nadie que amerite algunas líneas.  Una serie de ensayos sobre mis obsesiones viriles –que podrían no  ser más que complejos– es mi proyecto más ambicioso, lo veo con cierta pereza, como si me estuviera obligando a escribirlo, a cuentagotas, además.
     Es como si las historias se hubieran agotado. Como si hubieran tocado a la puerta para sacarme a echar la cascarita. Aburrido, aburrido.  Correr de ida y vuelta, quitar el balón, dar pase; echarlo al oponente, recibir el gol y los reproches; ser el último elegido, perder siempre. Tropezar con el balón o con una corbata, con una cuenta de banco y querer patearlo todo. Luego había que recoger los palitos, todos. Mamá ya no reía al pedírmelo.
     Tengo una bicicleta que los Santos Reyes nunca me hubieran traído, pero ya no hay más ciudades al torcer la esquina: apenas corre de una portería a la otra. Me aferro al manubrio para no dejar de pedalear la vida –como dice mi amigo– en la que no he acabado de instalarme. Me acuesto todas las noches con la rigidez mortuoria de un playmobil que deja ir de lado la cabeza. Había veces en que colocaba palitos arbitrariamente sin importar si encajaban bien las muescas y la estructura se mantenía en pie. Más que divertirme, me causaba asombro ver cómo semejante desorden, cómo la acumulación fortuita de elementos podía resistir sin colapsar.  Un edificio así no podría habitarlo nadie.
     La bicicleta encuentra edificios derruidos a su paso, casas asombrosas con muros de llanta o latas de conserva. Están de pie y son habitadas, cuando no habitables. No he escrito una línea hace semanas porque se me han acumulado tantas cosas que me mantiene en pie el milagro y no logro entender de dónde salieron setecientas palabras sin plan alguno, sin muescas ni palitos  ni reglamentos para cascarear ni hechos que merezcan una reflexión particular en estas horas. Soy un quejoso, sí, un hombre no tan consciente de sus límites como sometido por ellos, uno que pierde en las cascaritas cotidianas porque no le gusta el juego y no sabe cómo salir de él. Acaso teme caer en uno más terrible.

1 comentario:

  1. Bueno, la ventaja de las palabras ya publicadas es que no se pueden tirar de una patada, al contrario creas otras en la mente del lector, da gusto, necesitaba unas paredes de palitos para esta mañana que se me va demasiado rápido. Saludos.

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