viernes, 6 de abril de 2012

Restauración y deseo

Recordar o no recordar una voz o un rostro, requiere más que de una buena memoria, de voluntad y probablemente hasta de fe -digo fe tal vez movido por esto de los días de guardar, o  porque últimamente me he estado queriendo aferrar al deseo y a recuerdos un tanto imprecisos-. Quien recuerde plenamente la realidad arroje la primera piedra, porque en un mundo donde se nos exigen tantos datos e imágenes a tal velocidad, no sabemos agradecer al olvido su enorme virtud de abrirnos un espacio para crearlos a nuestro gusto y estilo.
De no ser por el olvido, por los espacios vacíos que va dejando en nuestras imágenes pasadas, el acto de recordar sería como la tarea de un archivador fotográfico que conoce todas las claves y etiquetas   de su acervo sin detenerse a mirar cómo están dispuestas las figuras, las luces, sombras y colores en cada una de las imágenes. El olvido nos da la oportunidad de reconstruir y de recrear, de proyectar nuestro deseo en el silencio blanco del papel, un silencio no necesariamente absoluto en el cual podemos ir restaurando las risas, los chasquidos de la lengua y finalmente, a través de los ecos que han quedado en nuestra memoria, la sustancia plena de la voz.
Cuando la voz recreada comienza a hablarnos, la escuchamos con el deleite de lo que ya consideramos obra nuestra: hemos proyectado en ella nuestros deseo, la voluntad de verla en la forma que ha recobrado para nuestros sentidos. Voluntad de reencontrarnos con el recuerdo perdido y fe en nuestra capacidad de recordar y en nuestra sensibilidad para hacer de las imágenes pasadas lo que siempre quisimos que fueran: con el tono correcto de azul en cada centímetro de cielo, con la curvatura precisa en el borde de una mejilla, con la intensidad incendiaria del fondo de una mirada o con el aroma exacto (despertar de un deseo antiguo) que la textura de la tela de la blusa de la amante retratada trae a nosotros junto con la dulzura de una época que hubimos de restaurar por entero, para darnos el infinito placer de revivir en parte lo que fue y en parte lo que siempre quisimos que fuera.
Hay una experiencia más fuerte aún: la del reencuentro accidental con aquello que teníamos olvidado. Un rostro nos retrotrae a la voz, y ésta al nombre y éste al apretar de manos o al abrazo fraternal o al beso en la mejilla que encierra el furor del deseo largamente constreñido en su cajón de olvido y que quisiéramos trasladar a los labios para que, en el acto de acariciar, fuéramos rellenando con el tacto los huecos que las arrugas forman en la carne para volvernos a la lozanía; el ímpetu de nuestro deseo nos hace vivir todo eso con el sólo roce de los dedos yema con yema… Restauración de la imagen, sí, pero en la realidad maciza de la carne.
Hay quienes creen que viven la realidad, que la van asimilando cuajo por cuajo o grumo a grumo para irle creando progresivamente su forma. Suponen que el percibir las cosas tal como vienen del mundo es un ejercicio saludable para un intelecto al que nada podrá  tomar por sorpresa. Si no me equivoco, a esta cualidad -absolutamente necesaria en nuestro feroz mundo- le suelen llamar madurez. Por oposición, los inmaduros somos personajes llenos de deseos, imaginaciones y recuerdos: tres sañudos enemigos de una realidad que no se deja aprehender, pero… ¿quién quiere aprehender nada, cuando la inmadura mas ya florida irrealidad está aquí tan vívida y al alcance de la mano?  

2 comentarios:

  1. Los vasos comunicantes del olvido. Cuestión de trabajo, azar e imaginación. Aunque a veces creo que el azar duele más por lo súbito y a veces por lo indeseado de un recuerdo, otras al contrario, trae una sonrisa súbita al rostro. Espero que esos recuerdos te acaricien más que golpear el cuerpo. Saludos.

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