viernes, 21 de septiembre de 2012

Tweeteratura, masajes y semáforos


Agárrenme, no quepo en mí de tanta emoción. ¡Rayos y sentencias! Sentencias y sentencias y sentencias. Aparecen varias por segundo, este mundo es tan moderno, tan acelerado. El pensamiento funciona por chispazos, y lo mejor: es para todos. Bueno, todos, todos, no.  Pero quién que se precie de vivir en sociedad como Dios manda no tiene una cuenta de twitter, un smartphone, o de perdis una computadora portátil. No se es hombre o mujer -no se enojen las intelectuales feministas- de mundo quien carece de estas herramientas. 
Hay que estar al segundo, porque estar al día resulta ya demasiado lento. No faltan los buenos samaritanos que nos informan de la calle que el Departamento de Tránsito acaba de cerrar justo cuando estamos a 250 metros de cruzarla en nuestro automóvil y podemos evitarla a la hora pico, o los que puntualmente informan de cada acontecimiento. Todo de inmediato, en tiempo real, y en la insuperable concisión de 140 caracteres. Seamos sinceros: quien compra el periódico sólo lee  los titulares, echa un ojo a las fotos y pasa luego a fantasear en las últimas planas con los anuncios de masajes: Kimberly: 17 años, rubia, argentina, bustonsísima, complaciente. No te arrepentirás. 55**2*98*0. (Cifro el número para seguridad de la rioplatense K.) No hace falta más. La fantasía se tetona, digo, se detona (perdonarán el lapsus, pero son tan poderosas las imágenes mentales…) Es la síntesis de la síntesis: datos concretos que crean una imagen veloz del objeto deseado; basta la llamada para que el objeto se autoempaquete y se  autoenvíe directamente a nuestro desesperado domicilio.
Pero nunca falta quien vaya más allá de este veloz acto de intercambio. Lo rápido también puede ser bello, pero por encima de todo, trascendente. Hay que rebelarse, hay que dotar al mundo de sus nuevas “flores de baria poesía” que pueden salir de cualquier teléfono móvil.  ¡Mal año para el dinosaurio de Monterroso, ahogado ante la ola de genios cibernéticos que invaden las redes con su protagonismo! Y es que el límite de los 140 caracteres es un desafío: toda esa idea genial debe caber ahí. Un reto, un reto tremendo, gigante; un par de líneas.
Es la Edad de Oro de la expresión democratizada. Todos nos ven, todos nos escuchan. Podemos decir lo que queramos e irradiar al mundo con nuestro ingenio, con los expeditos juegos verbales que no le quitan el tiempo a nadie, porque éste es valiosísimo donde corre prisa para cada cosa. Lo de menos es saber cómo llega el juez a la sentencia. Seamos prácticos, la sentencia es lo que importa. ¿Montaigne? ¿Emerson? ¿Hazlit? ¡Pero si todo se puede decir tan aforísticamente, tan greguerísticamente! Podemos evitarnos la fatiga de pensar ¿no?, de todos modos los razonamientos derivan en una conclusión y esa opinión final es la que cuenta, ¿me equivoco? No, yo nunca me equivoco, eso de las equivocaciones es relativo. ¿Para qué seguir al autor por su largo y tortuoso camino? Importan los resultados, el producto final. Pero aceptarlo nosotros o no es también algo relativo, eso está clarísimo. ¿Para qué Montaigne o Benjamin donde ya nadie requiere de autoridades, donde todos podemos ser jueces? Basta dar clic en “Twetear" para ser filósofos irrefutables y cuentistas irrepetibles. Un derrame de talento el de esta época, una verdadera explosión de inteligencia que, sin duda, es un reflejo de este mundo tan avanzado.
Tweet, tweet, tweet. Los segundos se van restando en el semáforo peatonal mientras cruzamos la calle. Nos acompaña el trino de un pájaro azul, encerrado en esa caja eléctrica que regula el tránsito entre calxonazos. Pisamos el gris asfalto con nuestras grises vidas, ¿y qué? Si logro tomar asiento en el autobús empezaré a escribir mi próximo cuentweeto. A mi lado, un señor se humedece los labios con un periódico abierto en las reticuladas páginas finales.

1 comentario:

  1. Sólo leí el titular, woeey, pensé que era un tuit. Se me acaban los 140 y el rojo del semáforo…

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