viernes, 18 de enero de 2013

Un culito es un culito



Que si tiene celulitis, que si no están bien torneadas, que si es inmoral, que si por eso nos acosan… Esta imagen puede abrirse a muy variadas lecturas desde diferentes trincheras, pero aun a riesgo de hacer saltar al lector, es inevitable usar el lenguaje de la calle para declarar una verdad irreversible: un culito es un culito, así sea cincuenta metros bajo tierra en un vagón o en una habitación oscura, tanto en la plaza pública como en la intimidad de la alcoba. Es material y carnal como una mano o un rostro, sólo que no estamos acostumbrados a verlo así tan al aire y de frente, no nos hacemos a la idea de ver lo que hay debajo, las verdades individuales que invalidan los estereotipos colectivos. Porque cada culito es una verdad personal y por ello arrinconamos el nuestro en la sombra de nuestra habitación, al amparo del pantalón o la falda.
            ¿Qué tanto dice de quiénes y cómo somos en realidad? No lo sé, quizá sea una pregunta que cada quien deba responder para sí. Lo importante es que nos mostramos de pronto con la más franca de nuestras verdades, la del cuerpo. Un día es un día, como en el carnaval donde el mundo se pone de cabeza y el tonto es rey. La borregada es infinita, no se duda, pero es necesaria para el éxito de estos eventos en el fondo de los cuales hay una búsqueda ¿estética?, quizá, ¿política?, puede ser. El Metro de nuestra ciudad se rige por su propia ley de vida.
Leo otra vez (porque al parecer ya es un evento anual) los comentarios del público en la prensa, me encuentro lo mismo de siempre: salen a relucir los prejuicios sexuales, la doble moral, el machismo, la incomprensión del fenómeno, la incomprensión de muchos participantes al respecto de lo que hacen, los prejuicios regionales donde el chilango siempre es un ser de la más baja calaña (yo digo que es envidia del Metro), la intolerancia, el morbo, la envidia de las que no se atreven y descalifican moral o anatómicamente a sus pares que se dejan fotografiar, la de los homosexuales por 1) no haber nacido mujeres, 2) no estar así de buenas, 3) no atreverse a hacerlo.
¿Exhibicionismo? No lo creo, porque ese único día la ley se ha relajado, como las costumbres. Hay que aprovechar. En lo personal me pregunto cómo se sentirá en los muslos desnudos el aire fresco que el convoy empuja. Es algo que no se experimenta siempre, como tampoco el ver la desnudez parcial de las personas, su despreocupación dominical de día de fiesta, aunque lo único que se festeje sea la verdad que cada quien lleva debajo de la ropa y que nos hace únicos, la alegría de que lo privado se vuelva público, dejándonos a todos indefensos, desenmascarados.
No es la desnudez total y pura, también el calzón dice algo de nosotros, sobre todo si se ha preparado el atuendo con premeditación. En muchos casos se agradece la espontaneidad de quienes, de pronto, dominados por la atmósfera de carnes que se orean y se refrescan ante la mirada, se despojan de la falda o del pantalón, uniéndose a la fiesta, porque lo es, como las de disfraces, a donde se puede ir sin él pero así qué chiste; nunca faltan los señores serios que más vale ignorar para no aguarla, para no agüitarse y sentirse mal consigo mismo, con lo que uno es en realidad, sin ambiciones ni falsas perspectivas. El cuerpo es tan verdadero como la tierra que pisamos y tan digno como trabajarla honradamente.
Un happening es sólo eso, algo que sucede de pronto y llama la atención, efímero pero digno de ser recordado. Su valor estético reside en su volatilidad: algo que ocurre y no entendemos se esfuma de pronto, no sin antes dejarnos para siempre una experiencia, un disgusto, un deleite, una duda sobre nuestro propio atrevimiento, el peso de la ropa sobre la carne, el de la máscara sobre el rostro, el del personaje sobre la persona. ¿Quiénes somos? Tal vez nuestro cuerpo nos responda, tal vez sólo nuestras piernas reflejadas en la figura irrepetible de otras de piernas, culitos y entrepiernas que al salir de la estación volverán a su prisión de tela.

 Esta entrada se relaciona con: Sin pantalón, sin pudor ¿sin opresión?

1 comentario:

  1. A qué impúdico Pati... debería denuncir tu blog por andar posteando tales retaguardias. Yo agradezco que este tipo de eventos sólo se den una vez por año porque agradezco el descubrir lo que hay de bajo de una falda o pantalón y si fuera de todos los días perdería el encanto. Aunque sí, en ese día uno podría estar como niño en dulcería, lo malo que si voy en ese tenor, niego el sentido del desnudo: la libertad y posesión del propio cuerpo, el negar la cotidianidad de la vida; y quedaría como un simple lujurioso. Aunque la verdad no he ido a ninguno de esos eventos, la parquedad de mis nalgas me hace quedarme en casa.

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