jueves, 20 de junio de 2013

2013. Vértigo



2013. Vértigo de la invención profecía (Este  el título real de la entrada, pero la plantilla no permite el tachado)

-2013- pone W.G. Sebald, en medio de una escena apocalíptica, al final de su libro Schwindel. Gefühle. Vértigo, para los que no entendemos pizca de alemán. Londres se incendia y los habitantes corren a las aguas. El narrador sueña mientras vuelve a casa después de un breve paseo por la ciudad. A lo largo de la novela (si es que así podemos llamar a este libro), hemos seguido al narrador entre idas y vueltas por Italia, por la campiña alemana, por los límites alpinos con Austria y también por el pasado: el histórico y el personal. Los indicios, las asociaciones hechas por el mismo narrador dan a la historia un aire policiaco que difícilmente irá a resolverse en algo concreto. La voz narrativa deambula por las ferrovías europeas que trazan una línea entre Londres y Venecia con algunos desvíos inesperados…
            Volvamos al punto. Esto no es una reseña. -2013- pone el autor ¿o el narrador? antes de la palabra FIN. No cabe duda de que es un número siniestro, y también una proyección hacia el futuro (si pensamos que el libro su publicó en 1990). Dirán ustedes: “el narrador refirió haber estado soñando” y eso los tranquilizará. Y los podría ayudar más aún el hecho de que, páginas antes, sumido en el recuerdo, el narrador nos describiera cómo en una clase de la infancia (a la que la memoria lo había transportado en virtud de una breve estancia en su tierra natal, incrustada en el vértigo de los trenes) la profesora había enumerado las tragedias de su pequeña comarca, W., entre las cuales figuraba una buena cantidad de incendios. Podrán argumentar que los mecanismos narrativos permiten la conexión entre el pasado recordado y el futuro onírico a través de la figura simbólica del incendio; podrán decir, también, que la actividad mental del narrador, el recuerdo y el sueño, son los dos bordes por los que la narración podría precipitarse, dejando que la “realidad” narrada fungiese como hilo conductor, la cuerda floja a lo largo de la cual el lector había de deslizarse, como sobre las vías, sintiendo el vértigo de caer a cualquier lado del camino. Si esta segunda hipótesis fuera correcta, tengo una pregunta: ¿Caímos todos por el borde del sueño? ¿Nos precipitamos en él como en las aguas del Támesis para huir del incendio?        
            Nada sé yo de eso. A mí solamente me parece sospechoso que hubiera de ser justo este año, entre todos los ya pasados y cuantos quiero suponer que me restan, cuando se me ocurriera leer esta novela. Tal clase de asociaciones me parecen más misteriosas y dudo que haya teoría literaria para explicarlas, en ellas radica para mí el vértigo mayor. Porque debe quedar claro que no hay casualidades, pues la acción de la novela, comenzada en 1800 con una batalla napoleónica, es trasladada hasta el protagonista, a través del polvoriento traje de un soldado alemán de aquel entonces, quien, en 1987, lo encuentra en un desván de su casa de la infancia y al tocarlo lo reduce a nada. Esos misteriosos hilos, prácticamente imperceptibles, son tendidos por una entidad poderosa –por el creador –dirán ustedes, y yo lo aceptaré por simplificar las cosas, pero con la sospecha de que así como hay creadores dentro, debe haberlos afuera de los libros.
-2013 –me digo otra vez, sin esperanzas de entenderlo, perfectamente al tanto de la connotación del número trece para nuestra supersticiosa cultura. ¿Por qué había de ser precisamente ese año, este año cuando yo, que no soy nadie, leo esa última terrible línea, como si también yo estuviera soñando? ¿Por qué había yo, además, de levantarme a escribir esto para ponerle una parada adicional al itinerario de las eventualidades que sólo pueden ocurrir sobre las ferrovías traslaticias del lenguaje? ¿Por qué? ¿Es que hemos quedado atrapados en la ficción? ¿Acaso Sebald lo tenía planeado?   

1 comentario:

  1. Qué te digo, el azar, el tuyo, me hizo querer leer esa novela y sobre todo preguntarme por este año. Yo lo sentía demasiado x, ahora no sé. Lo cierto es que el azar devela en cada encuentro más incógnitas de las que resuelve. Un gran saludo Pati...

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