jueves, 15 de agosto de 2013

¡Ah de la casa! ¿Nadie me responde?



Nunca me había puesto a meditar qué parte de una casa me es más significativa hasta que vi a la intrusa. La casa materna, la que ha albergado a cada uno de los que llevamos mi segundo apellido, se ha mostrado, desde que tengo uso de razón, con la misma puerta de hierro con cristales (a veces micas) traslúcidos a través de los cuales nos sabíamos recibidos en ella.
     La puerta es el saludo de la casa o de cualquier recinto. Que tenga una ventana de cristal, una pequeña rendija que al acercarnos a ella nos anticipen el contacto, el beso o apretón de manos que le seguirán es una cortesía que siempre se agradece cuando somos quienes visitamos, porque desde la primera mirada se nos anuncia si adentro hay alegría, tristeza, irritación, si nos esperan o si somos inoportunos. Al abrirse ya solo confirmaremos lo que la mirada nos ha dicho y no nos sentiremos extraños ni invasores.
     La puerta de esa casa de mi abuela, que pasó luego a ser de mi tía tenía esos cuadros cuya traslucidez tal vez no nos diera acceso al rostro de quién venía, pero bastaba con mirar la silueta que se aproximaba, su pesadez, su ligereza o su arrastrar de los pasos para adivinar quién nos recibía y ponernos en la posición conveniente. Si era la tía, había que preparar el beso; si la abuela, el abrazo; si el primo, la fuerza de la mano. La luz que, ora penetraba de la calle, ora emanaba de la casa me hacía sentir ya en el pasillo, como si no hubiera necesidad de penetrar el umbral pues era impensable que la gente, cuyas sombras y voces  ya me saludaban desde dentro, no me recibieran como a otro de los suyos.
     Pero los años y la soledad se han ido albergando poco a poco en esa casa. La vejez se vuelve desventaja, indefensión; porque el barrio ha cambiado y estamos todos lejos, y la tía que habita y hace un hogar de esa casa es susceptible, frágil y emblemática para la familia; lo es tanto que no podemos imaginarla fuera de esa casa, sin esa inclinación del cuerpo con que siempre se ha asomado por la puerta de su eterna recámara para enterarse de quién entra. A veces, desde antes de atravesar la puerta de cristales traslúcidos alcanzaba a ver (quizá la imaginaba) su siempre despierta silueta. Ser la mayor entre todos los tíos quizá le confiriera cierta autoridad y raigambre con la casa que sus hermanos no gozan, independientes y ajenos, luego del matrimonio o de la muerte, a sus muros y su centenario desvencijo que difícilmente tapan la pintura y los demás arreglos que se hacen en ella.
     Porque la casa siempre ha sido la misma, y ni siquiera cuando quitaron la divertida escalera de caracol de la cual me colgaba cuando niño, desde donde jugaba con mis hermanas a arrojar las cáscaras de plátano en el bote de basura (sólo acerté una vez y ellas, que no vieron, siguen sin creerme), aquella desde donde mi tío cayó de borracho y vivió para contarlo; ni siquiera entonces sentí que iba a volvérseme tan ajena como cuando vi ese armatoste azul de doble lámina que va a cerrar para siempre la casa, como una tumba. No habrá más siluetas ni pasillos anticipados detrás de esa fortaleza, de ese monumento al cambio, que es a la vez signo del tiempo y su desgaste, de la vejez y su abandono, de imposición y paranoia. El corredor de la entrada se oscurecerá como un túnel de tiempo entre la vida de afuera y el abandono del interior.
     Recuerdo cuando mi madre me enseñó la técnica largamente aprendida para abrir la eterna puerta; me he seguido valiendo hasta hace unos días: “empujas con la rodilla y abres el pestillo”. Ahora no habrá más que golpear y esperar a ser recibido, como en una oficina burocrática en donde siempre somos forasteros y nunca recibidos con gusto, donde nuestros asuntos han de despacharse rápido. Aun en ésta podemos ver al funcionario hacernos esperar a través del cristal mientras se lima las uñas. Aquí no; sólo cabrá gritar “¡Ah, de la casa!” y esperar a que mi tía active los mecanismos para abrir esa pesada y metálica fortaleza, ridícula frente a sus fuerzas decrecientes, entristecida por el encierro y por el cambio que nos hace notar cuán viejos nos hemos puesto, cuán pronto ha de venir el encierro definitivo, ése del que ni la más imbatible de las puertas nos puede guardar.

1 comentario:

  1. Esta ha sido una de las entradas que con más gusto releo. Porque tu puerta me hizo recordar otr puertas, y verlas, como tú desde la nostalgia, pero también, como tú, me hizo recordar otra verso para no salir de tono con tu título: miré los muros de la patria mía... Gracias por dejar sin llave las puertas del pasado.

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