sábado, 21 de septiembre de 2013

Que grite Fuenteovejuna

Recuerdo las novelas costumbristas del XIX y el empeño de los narradores por hacer sentir en los lectores el nacionalismo y ese color local que habían de aceptar como suyo, como una identidad que empezaba a construirse pocas décadas después de las guerras de independencia. Recuerdo sobre todo, como imágenes que la distancia temporal vuelve más vagas, los cuadros de Los bandidos de Río Frío y el festín de las clases acomodadas en Clemencia. Las novelas, antes de la televisión, servían para propagar idearios en un siglo de guerras prácticamente civiles que marcaron los primeros trazos en el rostro de la nación.
La misma pintura se ha venido presentando año con año a lo largo de dos siglos, con las progresivas variaciones tecnológicas que hoy nos llevan el espectáculo a la sala donde esperamos la ceremonia del grito, mientras en la mesa se sirven los pozoles, los pambazos, las tostadas…
Sin embargo, esa estampa patriótica se ha vuelto también un escenario donde los apoderados de la imagen nacional salen a exhibirse como agentes de la unidad y la legitimidad en un país cada vez más descabezado. No debe considerarse artificial la imagen si se toman en cuenta los macabros hallazgos de cada madrugada en los estados del Norte y de los litorales, ya en hieleras, ya en la calle abierta. Cada vez es más difícil para los creadores de imagen obtener el encuadre perfecto que refleje la belleza de los colores patrios en los rostros de la clase dirigente sin que se escuchen las rechiflas de los inconformes, sin que los lásers de juguete apunten a las caras de quienes se hacen por la fuerza del espacio público, legitimándose a macanazos y dejando claro que son más autoritarios que autorizados.
El pequeño mundo de la televisión, esa ventana única, empieza a verse sustituida por un entramado de nuevas lentes que pueden operarse desde casa  o desde las manos de un peatón. Este año, como en ningún otro, hemos podido presenciar cuadros distintos: zócalos con huecos y algunos con gente pagada. Gritos de “fuera el mal gobierno” que sustituyen los tradicionales “vivas”, pueblos que dan la espalda al balcón y al autoritarismo, a la simulación. Pareciera que el público se empieza a volver más exigente y menos maleable. En el punto ciego de las cámaras, en la vida plena de las calles, otras ceremonias del grito se llevan a cabo, en rebeldía, signo de un pueblo que no jala parejo y que la sordera autoritaria ha dividido cada vez con más notoriedad: AMLO celebraba el grito en un zócalo lleno de gente, mientras Calderón huía a su bastión doloroso en Guanajuato. Un monumento a la Revolución acogía a los ciudadanos que daban la espalda al autoritarismo y se congregaban alrededor de los recién desalojados.
Antes de ser arrasados por la policía, los profesores que acampaban en el zócalo fueron defendidos a voces y rechiflas por los transeúntes, que empiezan a hartarse del acallamiento. Si los pueblos tienen una fuerza telúrica, ésta ha comenzado a dar cuenta de su existencia. Otro video muestra la rechifla que se granjeó la policía al intentar bajar del metro a un grupo de estudiantes que hablaba a la población sobre la amenaza de las nuevas reformas, que bajo el viejo discurso del “progreso y la unidad del México que todos necesitamos”, intentan imponerse sobre un pueblo cada vez menos crédulo. Todos son cuadros nuevos, imágenes todavía con carácter clandestino que empezaremos a ver con más frecuencia y tarde o temprano serán parte de la memoria colectiva.
Un llamado a la unidad congruente sería hacer de todos las causas de uno, así sea la más mínima y detenerlo todo, fijar un rumbo a seguir para la gente. Pero apenas se van viendo las raíces y los peligros son varios. El pueblo de Fuenteovejuna unió su voz en una sola idea colectiva. Es la unidad necesaria que tal vez sólo existe en los libros, o en esta fotografía de la gente dando la espalda al balcón presidencial. Si la utopía se convierte en símbolo, y si se aprende a creer en él no hay poder contra esa fe y esa unidad. Esas escenas, que algunos vislumbramos a futuro, son cuanto nos orilla a la esperanza, a la idea de que no todo, mientras nos movamos, puede estar perdido. Otros gritos se darán entonces, y más vale que el de guerra no sea el sobresaliente.
     

1 comentario:

  1. Cuadros de costumbres, patria y mal gobierno, molestia y pobreza popular o al por mayor. Un grito que en tu escritura es movimiento o pensamiento,en mí pozo estancado, nada pasa ni pasará; quizá esté ciego o no quiera ver la movilidad de la población, no pueda por x o z trauma; me gusta que tú sí la veas, que atisbes un futuro espero que tú tengas la voz y que la unidad por el bienestar se imponga y me tapes la boca.

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