sábado, 2 de noviembre de 2013

Sátira imperfecta de un cuerpo perfecto



Conforme recorro la pantalla, la página, animada entre los vivos colores de las banderas de protesta, entre las caricaturas de los políticos, las ventanas de videos que invitan a enterarnos de cosas que no siempre nos interesan o a escuchar una canción que quizá no tengamos ganas de oír; entre el monótono despilfarro de recursos compartidos por las personas que se han integrado al mundo de la red, mis bostezos van subiendo su tono y empiezo a preguntarme cómo he podido pasar tanto tiempo frente a la pantalla cuando hay una pila de libros no leídos junto a mí o una noche cálida que podría llevarme a la borrosa diversión de los bares o de un merecido sueño de más de seis horas.
El dedo se desliza casi con violencia sobre el mouse desechando las aguas siempre iguales de un río de imágenes e información ya consabida o insignificante. Así suele ser, salvo en los casos en que el recorrido se detiene por el golpe de tu cuerpo que publica sus bondades al mundo. No hay Apolos para esta Dafne de la pantalla, empeñada en gritarle al mundo su belleza, su inabarcable silueta de ninfa contemporánea.
Así está bien, de lejitos y a través de la pantalla. Quizá porque tienes tanto de contemporánea como de ninfa: de ninfa el nombre y la figura; de contemporánea todo lo demás: tu narcisismo, tu egolatría, tu banalidad, tu culto a ti misma gracias al cual vale la pena detenerse por algún momento en las redes. Hay que aceptarlo, eres bellísima y portadora de una irresistible tentación de poseerte. Por debajo de ello, como base que soporta todo el edificio, está el recuerdo, la certeza de tu existencia real, cuando lo que hoy eres apenas despuntaba, cuando interpelabas con tu cabello y tus pestañas al libro de texto del cual pronto eras transportada hacia el sueño, donde tal vez modelaras para hombres ricos y presuntuosos, de esos que usan mujeres como tú para desviar la atención de sus corruptelas, porque un cuerpo como el tuyo será siempre la imagen del éxito, el sello personal de los triunfadores, por injusto que nos parezca.
Mientras le obsequio mis bostezos a la pantalla, recuerdo los tuyos cuando no encontraba la forma de que la clase fuera más entretenida, más hecha a la velocidad del mundo que vives y no del mío, cuyo guión aún se escribió con olivettis, no con rapidísimos y divertidos macbooks que han animado el tuyo. Me gustas más en la pantalla, porque tanto en la imagen actual como en el recuerdo te sé inalcanzable: no soy ningún apolo en un Mercedes Benz y apenas duraría un par de horas en esas maratónicas fiestas que ostentas en las fotografías. Soy un hombre silencioso que te observa desde una ventana como si fueras parte de un novedoso paisaje dentro del que no me imagino. Aun navegando en contra de toda la tradición literaria, no podía soportar la idea de que te convirtieras en laurel: prefiero definitivamente la comba de tus muslos y el muy trabajado trasero, de botánica no sé nada. Se me pondría en un grave aprieto si me dieran a elegir entre ese capítulo de Ovidio donde huyes del dios o la frescura de tu escote, que es también un regalo de la vida, más valedera quizá que cualquier regalo de los hombres.  
Porque ¿quiénes somos para despreciar la carne, los frutos de la vida? ¿Quiénes somos para tildarlo de banal y de superfluo? Tenía encaminada la intención a hacer de ti una sátira, a burlarme de tus fotos de gimnasio y camerino, pero la belleza es un don irrefutable y se requiere de verdadera frialdad o ceguera para echarte en cara la dedicación casi exclusiva a tu cuerpo y a tu imagen. Es una lástima saber que también caducará y más pronto de lo que quisiéramos, mas sería absurdo comenzar a sermonear al mundo, porque como me dijiste alguna vez: “Abusado, lo que no se ve no se juzga” y tienes toda la razón. No sé, quizá ni siquiera deba interesarme por  lo que sea tu vida, pero ahora puedo juzgar tan sólo cuanto veo en la pantalla, e insisto, es mejor así. Hay que aceptar que el mundo es también banal, materialista y pasajero. Por eso sólo detengo el scroll para posar mi vista sobre tu encanto, que es cuanto ahora quieres y puedes ofrecernos, y  después de gozarlo, continúo en mi búsqueda de otras cosas más anejas a mi ejercicio de hombre de juicios anquilosados. Mañana tal vez seremos otros y estas palabras, como tus años y la frescura de tu beldad, habrán pasado, cuando menos, al recuerdo.  

1 comentario:

  1. Pues ya van mínimo dos entradas con ésta que le dedicas o le robas una foto y me la enseñas para ver de dónde tanta inspirAción o me la describes sin tanto mito, así sólo carnosamente - en memoria de los idos- para imaginarla mejor, digo que estos días de frío hAcen falta las bondades de una mujer, cuando no se tiene una mujer a la mano y sólo se tienen precisamente manos. Muy buena entrada.

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