Conforme
recorro la pantalla, la página, animada entre los vivos colores de las banderas
de protesta, entre las caricaturas de los políticos, las ventanas de videos que
invitan a enterarnos de cosas que no siempre nos interesan o a escuchar una
canción que quizá no tengamos ganas de oír; entre el monótono despilfarro de
recursos compartidos por las personas que se han integrado al mundo de la red,
mis bostezos van subiendo su tono y empiezo a preguntarme cómo he podido pasar
tanto tiempo frente a la pantalla cuando hay una pila de libros no leídos junto
a mí o una noche cálida que podría llevarme a la borrosa diversión de los bares
o de un merecido sueño de más de seis horas.
El
dedo se desliza casi con violencia sobre el mouse desechando las aguas siempre
iguales de un río de imágenes e información ya consabida o insignificante. Así
suele ser, salvo en los casos en que el recorrido se detiene por el golpe de tu
cuerpo que publica sus bondades al mundo. No hay Apolos para esta Dafne de la
pantalla, empeñada en gritarle al mundo su belleza, su inabarcable silueta de
ninfa contemporánea.
Así
está bien, de lejitos y a través de la pantalla. Quizá porque tienes tanto de
contemporánea como de ninfa: de ninfa el nombre y la figura; de contemporánea
todo lo demás: tu narcisismo, tu egolatría, tu banalidad, tu culto a ti misma
gracias al cual vale la pena detenerse por algún momento en las redes. Hay que
aceptarlo, eres bellísima y portadora de una irresistible tentación de
poseerte. Por debajo de ello, como base que soporta todo el edificio, está el
recuerdo, la certeza de tu existencia real, cuando lo que hoy eres apenas
despuntaba, cuando interpelabas con tu cabello y tus pestañas al libro de texto
del cual pronto eras transportada hacia el sueño, donde tal vez modelaras para
hombres ricos y presuntuosos, de esos que usan mujeres como tú para desviar
la atención de sus corruptelas, porque un cuerpo como el tuyo será siempre la
imagen del éxito, el sello personal de los triunfadores, por injusto que nos parezca.
Mientras
le obsequio mis bostezos a la pantalla, recuerdo los tuyos cuando no encontraba
la forma de que la clase fuera más entretenida, más hecha a la velocidad del
mundo que vives y no del mío, cuyo guión aún se escribió con olivettis, no con
rapidísimos y divertidos macbooks que han animado el tuyo. Me gustas más en la pantalla, porque tanto
en la imagen actual como en el recuerdo te sé inalcanzable: no soy ningún apolo
en un Mercedes Benz y apenas duraría un par de horas en esas maratónicas
fiestas que ostentas en las fotografías. Soy un hombre silencioso que te
observa desde una ventana como si fueras parte de un novedoso paisaje dentro del que no me imagino. Aun
navegando en contra de toda la tradición literaria, no podía soportar la idea
de que te convirtieras en laurel: prefiero definitivamente la comba de tus
muslos y el muy trabajado trasero, de botánica no sé nada. Se me pondría en un
grave aprieto si me dieran a elegir entre ese capítulo de Ovidio donde huyes
del dios o la frescura de tu escote, que es también un regalo de la vida, más
valedera quizá que cualquier regalo de los hombres.
Porque
¿quiénes somos para despreciar la carne, los frutos de la vida? ¿Quiénes somos
para tildarlo de banal y de superfluo? Tenía encaminada la intención a hacer de
ti una sátira, a burlarme de tus fotos de gimnasio y camerino, pero la belleza
es un don irrefutable y se requiere de verdadera frialdad o ceguera para
echarte en cara la dedicación casi exclusiva a tu cuerpo y a tu imagen. Es una
lástima saber que también caducará y más pronto de lo que quisiéramos, mas
sería absurdo comenzar a sermonear al mundo, porque como me dijiste alguna vez:
“Abusado, lo que no se ve no se juzga” y tienes toda la razón. No sé, quizá ni
siquiera deba interesarme por lo que sea tu vida, pero ahora puedo juzgar tan sólo
cuanto veo en la pantalla, e insisto, es mejor así. Hay que aceptar que el
mundo es también banal, materialista y pasajero. Por eso sólo detengo el scroll
para posar mi vista sobre tu encanto, que es cuanto ahora quieres y puedes
ofrecernos, y después de gozarlo, continúo en mi búsqueda de otras cosas más anejas a mi ejercicio de hombre de
juicios anquilosados. Mañana tal vez seremos otros y estas palabras, como tus años
y la frescura de tu beldad, habrán pasado, cuando menos, al recuerdo.
Pues ya van mínimo dos entradas con ésta que le dedicas o le robas una foto y me la enseñas para ver de dónde tanta inspirAción o me la describes sin tanto mito, así sólo carnosamente - en memoria de los idos- para imaginarla mejor, digo que estos días de frío hAcen falta las bondades de una mujer, cuando no se tiene una mujer a la mano y sólo se tienen precisamente manos. Muy buena entrada.
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