sábado, 21 de diciembre de 2013

Números redondos

Para ordenar el mundo y los objetos, para facilitar las adiciones que no son más que la expresión del polvo que se acumula con los recuerdos y la experiencia, para hacer cortes exactos en el tejido de la vida informe, preferimos los números redondos.
Los preferimos en todas partes, para evitar la aritmética y la calderilla, las moneditas de cinco centavos que mi primo aventaba por las banquetas, cuando éramos niños. Hasta en el súper se aprovecha nuestra tendencia al buen gusto de la redondez y nos sustraen del bolsillo cantidades hormiga que luego se vuelven legión al declarar impuestos: toda nuestra caridad se redondea en la panza o en las valoraciones bursátiles a las que destinamos esas ínfimas cifras que hasta los pobres nos damos el lujo de despreciar.  El elegante gobierno capitalino, a fin de evitar las tropelías de las cajeras del Metro, decidió –con indiscutible imposición democrática– “redondear” de tres a cinco la tarifa, y en éstas y otras insustanciales demarcaciones de la vida, preferimos que todo cuadre, o más bien, se redondee para evitar orfandades y residuos. Entiéndase eso de la contaminación y las desigualdades.
Una cifra cerrada representa unidad, fuerza grupal contra las unidades sueltas y abandonadas a su suerte. Es la manada contra el individuo aislado que no se puede adaptar a la norma o que no tuvo la buena fortuna de nacer en el seno del grupo. Nos es más fácil recordar los números cerrados en un paquete de cien lunetas, o en un bloque paralelepípedo en el que caben mil informes mililitros de leche fresca. La Aritmética sabe bien lo fácil que es trabajar con costalitos de varios individuos, así como a la Historia le place hacer cortes por siglos y milenios: todos recordamos –al menos de oídas– la Guerra de los Cien Años pero nos cuesta saber lo que pasó en 1634, por ejemplo. Ayudándolo a estudiar, pregunté a un brillante alumno hace unos años, dos o tres (si fuera número redondo, lo recordaría), qué celebramos el 16 de septiembre y no me lo supo decir. No lo culpo. ¿Qué es eso del 16, habiendo veintes de noviembre y diez de mayo imposibles de olvidar?
No obstante, los paquetes abiertos tienen el encanto de la delectación individual de cada cosa y cada momento. Aunque un 20 de noviembre llame a la unidad de un pueblo olvidadizo, y se esperen las fiestas de centenarios y bicentenarios, las fechas particulares como un 12 de septiembre, un 18 de abril o un 23 de agosto suelen llevar significados personalísimos que sólo nosotros entendemos como hitos en la significación de nuestra propia experiencia. Si nos gusta la centena de lunetas es por el gusto de verlas todas juntas, enteras como un placer que se avecina; sin embargo, cada par, trío, cuarteta o septeta (¿existe la palabra?) de lunetas que cruje entre los dientes, el derretimiento individual del chocolate en nuestra lengua nos da una sensación distinta con cada puñado llevado hasta la golosa boca. Lástima, eso sí, del paquete que, una vez violado, ha esparcido a cuentagotas la centena que en principio contenía cien unidades contaditas de dicha por venir.
Mi padre colocaba sus fichas en torrecillas de diez cuando nos humillaba o engañaba jugando al póker o al rummy. Aprendimos a imitarlo; cada torrecilla era un garante de riqueza y el seguro de al menos dos partidas más. Podíamos paladear el gozo de agregar una torrecilla nueva a nuestra cuenta como pujábamos por prolongar la duración de la última, cuando nos veíamos obligados a deshacerla para pagar al tahúr en turno.  
Por  cuestiones prácticas, a un primo que cumplirá cuarenta años muy pronto le adelantamos el pastel. ¡Qué fácil y hasta estético es encender tan sólo cuatro velitas bien distribuidas entre tanto merengue y chocolate! Si hubiera cumplido cuarenta y uno, no hubiéramos sabido qué hacer, quizá hasta el pastel habríamos omitido. A él mismo no le habría importado que ese número de cumpleaños quedara sin celebración.

¿A dónde va éste? –se preguntarán. ¿Por qué los números redondos? La razón es simple, un mero aviso y agradecimiento para quienes han seguido semana a semana (o más esporádicamente) estas publicaciones, que a lo largo de casi dos años han luchado contra la monotonía, la falta de seso del autor, la irresistible tentación de hacer política y sobre todo, contra los accidentes no siempre pasajeros de la vida, como la pereza, la falta de asuntos o su exceso. A veces me he sorprendido por la cantidad de lectores que revela el sitio: ciertas semanas parece que me quedo solo y otras hasta me siento rockstar con tantas visitas y lecturas. Hemos llegado a cien, cien entradas, número redondo que traducido en cuartillas daría un bonito total, no tan redondo, de entre trescientas y cuatrocientas páginas escritas al calor de la vida, interior o exterior, que se nos va entregando con tal precipitación que a veces sigo pensando en la entrada de la semana anterior cuando ya me veo con la siguiente encima. Hay quienes dicen que la erudición, la originalidad y la meditación profunda cuando se escribe son  las claves de la realización literaria. Pero aspirar a la realización es como dispararle flechas a la luna. Para mí la escritura es un oficio. Probablemente haya llegado tarde a él y como aficionado, apuntando mis ideas de la semana como quien sube las fotos de sus fiestas a su timeline de Facebook. Aunque intente decir con palabras lo que la vida nos echa en cara con sus más fútiles paradojas,  Patidifusión es una timeline, casi un diario. No siempre hay paradojas fútiles, y no siempre se logra el intento de traducirlas a la moneda corriente de las palabras. Cuando un trabajo se disfruta, pocas cosas hay tan tristes como abdicar frente a las necesidades del mundo. Entonces hay que sentarnos a la fragua y martillar, forjar, doblar las impredecibles barras del lenguaje que no siempre se nos entregan igualmente, como la vida, que no siempre es uniforme.

1 comentario:

  1. No sé qué es lo que más me preocupa de esta entrada mi Rojo amigo, digo llegas a las 100 y me hablas de números, de cifras. ¿Qué pasa con el mundo? Ya tasamos todo, incluso podría, siguiendo tu ejemplo, redondearte a diez el gusto por esta entrada y quitarte ese 9.75 que le puse. Pero, en fin, no creas que seré tan amable con tu entrada 989, allí o llegas a la mil o no habrá celebración como ahora, ya pasadas bastantes entradas celebro. Un gran abrazo Pati, y seguimos en engordA o en redondos.

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